jueves, octubre 01, 2026
--MARISA, MI GRAN AMOR--
Allí estaba ella, en la sala grande, sentada en su butaca junto al ventanal, destacando entre todos con el relumbre de una Inmaculada de Murillo. Y me enamoré desde el primer segundo o el segundo. Qué puede ser lo que provoca en mi mente tamaño chispazo, me pregunté. Quizás fuera su mirada, tan inquietante como los ojos de una cabra, o aquella sonrisa de seis dientes con que me obsequió cuando me presenté. Yo no sabía que a una dentadura postiza le pudiesen afectar las caries. Pero no era así. Luego, cuando ya intimamos, me dijo que frecuentemente se le caía al suelo al estornudar y que la había pisado alguna vez sin darse cuenta. Aparte de eso, me pareció una mujer tan saludable, que le dije hola ocho o nueve veces.
Por las noches, yo miraba embobado su proceso de antes de acostarse. Colgaba delicadamente las medias, la faja y la peluca en el respaldo de una silla y en la mesita de noche ponía la dentadura en agua y las joyas en vinagre. Eso último nos hacía mucha gracia y reíamos y reíamos hasta que nos dolía el organismo.
Amanecer juntos era la cosa más bonita del mundo. Ella era la cosa más bonita del mundo.
Un día hicieron una fiesta y vinieron a tocar un grupo de música tradicional castellana. Y los astros se alinearon. Un tipo enjuto empezó a rascar rítmicamente una botella de anís con un tenedor, otro a tocar la zambomba, otro la bandurria, otro la flauta y el tamboril, otro las castañuelas, y empezaron a cantar: Por el puente de Arganda se cayó, se cayó, por el puente de Arganda, pero no se mató... Que sí que, que no que, que a mi novia le gustan los albaricoques, que no que, que sí que, que a mi novia le gusta el palique...
Inmediatamente nos miramos llenos de emoción. Era increíble: ¡Estaban tocando nuestra canción! ¿Cuántas posibilidades había de que alguien tocase precisamente esa? Nos abrazamos y nos fuimos corriendo a los váteres. Allí nos amamos con una furia salvaje, como si sólo nos quedasen varios años de vida.
Luego ya más relajados volvimos a la fiesta a dar cuenta de los canapés. A ella le daba igual comerse uno de sobrasada tras una lionesa, que unas anchoas seguidas de un pastel de manzana, que todo mezclado. Marisa (se llamaba Marisa, que no lo había dicho) era una caja de sorpresas. Tenía el criterio gastronómico de una mosca verde pero era divertida.
Y siempre estábamos juntos. Las veinticuatro horas y a veces más. Interactuábamos muy poco con los otros porque no entendían ni nuestra relación ni nuestro sentido del humor. Por ejemplo, cuando fallecía alguien, nos cachondeábamos del muerto sin ningún escrúpulo. Y eso no les hacía gracia. Cuando lo cierto, si lo piensas bien, es que al cadáver no le hace ningún daño que te burles de él. Lo realmente cruel es reírse de los que están vivos, que sí puede afectarles.
Marisa y yo llegamos a estar tan compenetrados, que no necesitábamos palabras. Y eso era estupendo porque cuando hablaba no se le entendía nada. Éramos cómplices, éramos uno. Recuerdo que nos poníamos en la sien unos vasos de plástico unidos por un hilo, para ver si las voces que escuchábamos cada uno dentro de nuestras cabezas lograban comunicarse.
Marisa, dulce Marisa, mi gran amor. Nunca he sufrido tanto como cuando la trasladaron. Sólo me queda como consuelo que los dos sabemos que jamás habrá un amor como el nuestro en aquel pabellón.
FIN


