miércoles, octubre 07, 2026
--ESQUECHES DE MI VIDA--
Yo debía tener unos treinta o treinta y cinco años y estaba en un bareto en el que tenía colgadas unas cuantas pinturas. Aquel viernes después de cenar acudí a cobrar un cuadro y a celebrarlo con unas copas. El camarero era un chavalote muy salao que sabía hacer trucos de magia. Y cuando vino a cobrar, tomó una de mis monedas y la hizo desaparecer en sus manos. Como estábamos de muy buen rollo, echando risas y eso, a mí se me ocurrió decirle: Hostia, eres un fenómeno, pero espera, que te voy a hacer yo un juego de manos que te juro que vas a alucinar en colores.
Entonces, ante su atenta mirada, tomé tres elementos al azar de los que había en la mesa, un vaso, una taza y una botella, y me puse a moverlos como hacen los trileros con los cubiletes. Y cuando los hube meneado cambiándolos de posición varias veces, retiré mis manos, me eché atrás y con tono desafiante le dije: ¡¡¡¿CUÁLO ES?!!!
El chaval se quedó totalmente estupefacto y sin capacidad de reacción. Y yo, tras una calculada pausa dramática, lo saqué de su trance riéndome a carcajadas y diciéndole: ¡¡¡TE LO DIJE, TÍO. ¿A QUE ESTÁS FLIPANDO?!!!
El chaval resopló sonriendo y se marchó a seguir con lo suyo, sacudiendo la cabeza y pensando sin duda que se acababa de tragar la mamarrachada de un borrachuzo, mientras yo seguía riéndome satisfecho de mi asombroso alarde de humor absurdo.
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Lo que acabo de contar es rigurosamente cierto. Y me sirve para argumentar mi opinión personal sobre las cosas del humor: Los chistes, los gags, etc. han de ser o muy muy buenos, o lo más malos posible. Las muestras de humor de gama media están bien, pero pasan al olvido como una fastfood y no hacen gracia más que una vez. En cambio los chistes muy buenos, buenísimos, permanecen en la memoria y siguen teniendo gracia por los siglos de los siglos. Y exactamente lo mismo pasa con los que consiguen ser horrorosamente malos.
Ese camarero me debe una anécdota. Yo le regalé una situación que contar en sus conversaciones, o aún mejor, la posibilidad de repetir él mismo mi patochada cuando esté en modo euforia, traspasando así ese absurdo espectáculo a la memoria de otras personas. Él recordará de vez en cuando la incongruente escena, como yo me acuerdo, por ejemplo, de un chiste que escuché de pequeño, cuando tenía once o doce años. Este:
-Perdone, ¿me podría usted decir la hora?
-No, que no fumo.
-Ah, es que como le veía el peine en el bolsillo...
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(No estoy seguro de si esta anécdota ya la he contado antes, pero es que son tantos años contando cosas, que no sería de extrañar)
