viernes, julio 10, 2026
--CICLISMO DOLOROSO--
Lucien Van Der Pringuer corría en el equipo Frankfurter Telefuken. Y era un magnífico gregario, seguramente el mejor. Participó en un montón de Tours de Francia, Italia y España sin llegar a ganar nunca nada a nivel individual, ni una triste meta volante, ni un sprint especial, ni un premio de la montaña o a la combatividad, siempre sacrificándose por y para el equipo. Pero un día, tras una etapa cumbre de los Alpes, ya en el hotel, se puso a analizar los datos de su recorrido en ese día.
En las etapas de alta montaña, con puertos de categoría extra, el pelotón suele estirarse en fila india hasta romperse en mil pedazos, distanciándose unos de otros muchísimo, con lo cual en el equipo de Lucien todos sus compañeros andaban diseminados por las diferentes hileras y grupos.
Así pues la misión de este abnegado gregario fue subir y bajar una y otra vez, desde la cola del último ciclista hasta la cabeza de carrera, repartiendo bidones y vituallas y recibiendo instrucciones del coche sin parar durante los 240 kilómetros.
Y como decía antes, el caso es que analizó los números de su etapa, y contando el montonazo de veces que fue de una punta a la otra de la carrera, resulta que según la suma de los kilómetros y los tiempos que hizo, hubiese ganado la etapa él con una ventaja de doce segundos sobre Miguel Indurain, que fue quien acabó ganando. A su director de equipo no se le ocurrió jamás hacer esa simple cuenta. Tenía a un campeón en sus filas y dejó que Indurain marcase una época.
Ahora, con 67 años, Lucien Van Der Pringuer, cuando se harta de cerveza y lo cuenta en el bar, todos se le ríen.
Y esto nos lleva a una profunda reflexión: ¿Cuánta gente que podría haber sido leyenda en lo suyo, hemos acabado siendo unos mierdas?
