miércoles, enero 28, 2026

 

--CUENTO DE LA ENAJENACIÓN MENTAL TRANSITORIA--

 

MUY IMPORTANTE:

Cuando a uno se le va la olla, se le va la olla. Y en ese momento ya no tiene el control ni de sus pensamientos ni de sus actos. Aunque sea una afirmación de Pero Grullo, os invito a pensarlo en profundidad.

COMO EJEMPLO PREVIO, UN CASO REAL:

En un partido de baloncesto profesional se dio el caso de un pívot que estaba pugnando por un balón en una lucha de rebotes con compañeros y rivales, que ahora se le escapa la pelota a él, que ahora al otro, que ahora la empuja uno con los dedos, que ahora se le resbala a otro... hasta que por fin, en un rapto de furia, la agarro él y acabó clavándole un magnífico mate a su propia canasta. Fruto del fragor y el estrés de la situación, a ese jugador se le fue la olla en un instante y no se dio cuenta de que estaba defendiendo su aro, siendo el hazmerreir del mundo.

EL CUENTO:

Adolfo Vega del Castillo quería ser futbolista con toda su alma. Durante toda su niñez, su padre estuvo llevándolo por barrios y pueblos de un equipo a otro en las categorías infantiles sin que cuajase en ninguno. Entre los 19 y los 24 años jugó también en muchos equipos, cada vez de menor nivel, hasta que ya tantos entrenadores le habían dicho que jamás triunfaría como futbolista, que decidió hacer el curso de árbitro. Si no servía para jugador, pensó que quizás el arbitraje podría brindarle un futuro dentro de ese deporte que tanto amaba. Y resulta que como árbitro sí que llegó a profesional. Fue subiendo categoría tras categoría hasta conseguir que lo designaran para pitar una final, que sería curiosamente también su final. Veamos qué pasó:

El partido se estaba desarrollando bastante sucio y marrullero por parte de ambos equipos; muchas entradas feas, discusiones constantes, broncas por cualquier cosa y el público de un bando y otro pitando todas sus decisiones...

Y la cosa es que, yendo cero a cero y faltando escasos minutos para que acabase la prórroga, uno de los equipos se disponía a sacar un córner. Adolfo se colocó en la media luna del área grande para controlar choques, empujones y artimañas. Todos estaban apiñados alrededor del portero cuando se efectuó el saque de esquina. Era una pelota bombeada que el guardameta consiguió despejar de puño enviándola directamente hacia donde se encontraba Adolfo. Le llegaba ese balón a media altura, describiendo una parábola preciosa, perfecta, un balón magnífico a puto huevo. Y fue entonces cuando a Adolfo se le fue la olla. Probablemente la frustración futbolística de toda su vida le chispó el cerebro al ver aquel balón templado y, como Iniesta en el mundial, le pegó un chupinazo que fue a colarse por toda la escuadra. Los jugadores  y el estadio entero se quedaron estupefactos.

De inmediato, Adolfo recobró la lucidez, y asombrado de lo que acababa de hacer, invalidó el gol, se autoexpulsó mostrándose roja directa y ordenó al segundo árbitro que le sustituyera. Se marchó corriendo a los vestuarios y nunca más se supo de él.


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UN CHISTE INEXISTENTE
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Es una lástima que no exista, porque era graciosísimo.


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