domingo, septiembre 25, 2016

 

--CARTA A UN GARBANZO--


Te vi asomar en la cuarta o quinta cucharada que le metí al plato. Eras un garbanzo cualquiera. Hasta entonces al menos, porque a partir de que te pasé por mis molares y te engullí, tu historia cambió radicalmente.
Ya no eras un garbanzo. Ya no lo eres. Ahora eres un señor con bigote. Eres yo. Te has consustanciado conmigo. Has pasado a construir mis tejidos, a fluir por mis órganos y a participar de mis decisiones. Ya eres una legumbre con facultad de pensar. A través mío. A través de mi cabeza que es ahora también la tuya.
Aunque, todo hay que decirlo, no se ha dado esta fusión sin su parte de injusticia. Si te fijas no he sido yo quien se ha hecho garbanzo, sino tú hombre. Tú has sido asimilado por mí. Y ahora -aquí está el milagro- eres capaz de saberlo por medio del ser que te ha despojado de esencia identitaria.
Tú no podías pensar nada desde tu condición de garbanzo. Y casi mejor, ¿no crees? Porque si hubieses tenido la posibilidad de plantearte interrogantes, ¿a cuáles crees que hubieras llegado? ¿qué te hubieras dicho? ¿qué puede idear un garbanzo? ¿podrías plantearte diseñar un motor hidráulico o escribir un tratado de ética? ¿podrías cuestionarte la cultura? ¿podrías surcar los mares o sobrevolar los andes?
No, un garbanzo es mejor que no piense siendo esa materia tan absolutamente simple y primaria. Porque, créeme, te hubieras pegado un tiro al comprobar tus limitaciones, unas limitaciones tan estrechas - tiene gracia- que ni siquiera te permitirían eso, pegarte un tiro.
En fin, que visto lo visto, felicítate de ser yo, de poder soñar majaderías y decir jilipolleces desde el soporte que te facilito. Que no todos los garbanzos terminan siendo un señor con bigote que escribe cartas a los garbanzos. Que igual se te podía haber comido un puto gusano. O nadie.

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