lunes, octubre 21, 2013

 

--HISTORIA REAL BASADA EN MEROS HECHOS--

A Palmiro Calasanz lo conocen muy pocas personas, cuatro o cinco a lo sumo, Rafael Fresnedo, Maruja Borau, Andreu Martinell, Pablo Antón de la Huerta, Santiago Lavín y para de contar.
Era un hombre que se tiraba en parapente porque le encantaban los cerros. (Ver figura 1)
(fig. 1)
Siempre buscaba lugares en los que abundasen y como era un bromista a esos paisajes los denominaba encerrados. De sí mismo también hacía broma pues afirmaba que un aficionado a los cerros había de ser sin duda un cerril.
De oficio era librero y abría su tenderete todos los sábados en la Plaza Mayor de su pueblo, que unos afirmaban que era Aranda de Duero y otros Miranda de Ebro (dos ciudades que se prestan a la confusión), aunque en realidad se tratase de Bufanda de Cuero, provincia de Burgos los días pares y de La Rioja los viernes y jueves. Los bufandeños, que así les llamaban cuando eran burgaleses, o bufandinos cuando riojanos, quisieron dedicarle una calle y tras dos largas sesiones en el ayuntamiento sin ponerse de acuerdo en cuál, se decidieron por la Calle Cuesta del Barranco. Así pues Palmiro Calasanz hubo de rebautizarse oficialmente como Barranco Cuesta para que cuadrase la cosa.
El día de la ceremonia inaugural, domingo 12 de mayo, en una pequeña tarima de madera estaban el alcalde, el concejal de urbanismo, el de cultura, la de fiestas y entre ellos Palmiro, es decir Barranco, cubierto con una cortinilla que descorrió el alcalde para que el agasajado quedase a la vista del público y todos le aplaudiesen.
La junta municipal hubiera preferido ponerle la calle un par de meses después, cuando Palmiro hubiese muerto y así declamar un largo y emocionante panegírico sobre su persona, pero prefirieron finalmente hacérselo en vida.
De todos era sabido que no faltaba mucho para que alguien lo matase. Era de dominio público. Hacía como dos o tres semanas que no se hablaba de otra cosa en los bares: "Al librero se lo cargan."
En aquella ciudad todos los rumores se materializaban sin excepción, de manera que si un sujeto quería perjudicar a otro, no tenía más que lanzar un rumor y esperar un poco.
El sábado día 25 de ese mismo mes, Barranco se hallaba en su puesto de libros cuando se le acercó un señor de abrigo largo y sombrero calado preguntando por alguna obra de Saramago. (ver figura2)
(fig. 2)
Barranco se puso a buscar y rebuscar con denuedo por los estantes, por los rincones, por el mostrador, por las cajas de debajo y por todos lados, pero sin éxito. Lamentando no poder satisfacer al cliente, le miró a los ojos, se encogió de hombros y negó con la cabeza. No tenía ni un sólo libro de José Saramago, ni el último, ni los antiguos, ni nada. Y fue entonces cuando el misterioso individuo, sacó de su abrigo un robusto martillo y golpeó a Barranco en la frente hasta causarle la muerte por percusión continuada.
Lo curioso es que no le pegó de forma lógica. Los testigos coinciden en que tomó el martillo por la cabeza y golpeó insistentemente a la víctima con el mango de manera frontal, como le da un taco de billar a las bolas. (ver figura 3)
(fig. 3)
La policía pues descartó que el asesino fuese carpintero o de cualquier profesión en la que esté presente el martillo. Pero los vecinos de Bufanda de Cuero creen justo lo contrario: sospechan del carpintero y piensan que lo mató usando la herramienta de forma tan poco ortodoxa precisamente para complicar la investigación.
                                                   FIN


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