martes, noviembre 22, 2011

 

--CALLOS Y COSTUMBRES--

Cuesta ponerse gracioso cuando el callista de los pies y de las manos te anuncia que se te ha de extirpar la chicha para que luzcan bien las falanges. Me viene a la memoria el tío Lorenzo, hermano de mi abuelo paterno, al que todo el mundo tenía por cauto y mesurado, cuando en realidad era sordomudo. ¡Qué sabias palabras no llegó a pronunciar nunca! Seguro que mientras veía mover los labios a la gente, él estaba calculando el número de vértebras que debe tener una jirafa. Eso sí, en los velatorios no había nadie más respetuoso. A excepción del muerto, naturalmente. Se ve que no le gustaba la leche. Le cogían vomitonas. Y su mujer, la tía Leonor, le daba almendrina, que es como horchata. Su hijo Ramón, alto como un faro, fuerte como un roble y gordo como una hormigonera, era el que en la cooperativa agrícola del pueblo se encargaba de pisar las almendras en las cubas para extraerles el jugo. Y lo hacía con cáscara. Cuando murió de infarto tuvieron que enterrarlo por partes. A sus padres, los vecinos no sabían bien si darles el pésame o felicitarlos. Y es que Ramón era muy costoso de mantener. Sentía, como tantas personas, el impulso de morderse las uñas, pero no lo hacía porque le sabían a poco. Comía en barreño. En ese tiempo casi no habían coches, y menos en un pueblo de doscientos habitantes. Cuentan los más viejos que una vez pasó uno y el panadero, que salía en ese momento de su horno, se lo quedó mirando. Luego lo fue contando todo contento y le atornillaron en la frente una placa conmemorativa. Pero sin profundizar mucho. No fuera a ser que lo mataran. Sin llegar a atravesar el cráneo y tal. Desde ese momento lo tenían alojado en una estancia del ayuntamiento y lo sacaban para las fiestas mayores. Como allí llovía de vez en cuando, el pueblo fue declarado zona de interés climático por la Unesco. También tenía costumbres y tradiciones. La tía Leonor llegó a ser alcaldesa. La primera mujer en ostentar ese cargo. Y bajo su mandato se introdujeron muchos cambios en el hacer de la villa. Era rupturista. Adoptó el folclore austriaco y desterró la jota castellana, los festejos taurinos, las aceitunas y el baile de la cinta. En el funeral de su hijo, le dio un sopapo al tío Lorenzo para que llorase. Y él entendió la idea enseguida. Un hombre que tenía tierras abrió un cine. Y al principio supuso una explosión de luz en el gris aburrimiento de las gentes. Pero poco a poco fueron yendo cada vez menos espectadores, hasta que un día a la proyección de Plácido, no fue ni él. Dicen quienes lo vivieron que desde hacía ya unos cuantos domingos empezaban a faltar actores en las películas. Y acabó por cerrar. La taquillera cogió tal depresión que la tuvieron que curar entre cuatro o cinco. Aunque se ve que no fue por quedarse sin trabajo. Ella estaba enamorada de Ramón. No salían juntos ni nada, pero hacía años que ahorraba dinero. Pretendía juntar el suficiente para poder mantenerlo y pedirle matrimonio. Su muerte la desgarró por dentro. Se ocultó en un rincón de su casa y no salió más. Soñaba con él desnudo dentro de la cuba pisando almendras. El vecindario en general la tenía por una guarra. Consideraban que querer casarse con un hombre de casi dos metros y ciento setenta kilos es como una poliandria encubierta.

Comments:
Genial, como siempre.
 
Gracias. Es usted muy amable.
 
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