domingo, octubre 09, 2011

 

--MÚSICA PARA OÍDOS ENCERADOS--


Una guitarra falsa y perezosa de cuerdas de pelosobaco para los monigotes del museo de cera que nadie reconoce. ¿Con quién empató éste? Trigo sin gluten. Los Death in Vegas ya no son lo que eran. Tiran de organillo 2.0 y percusión de africano a pilas. No sangre. No dolor. No erección. No Pepsi. Mientras suenan los discordes, una nueva alergia se inaugura. Granos, conjuntivitis, insuficiencia respiratoria, hinchazón labial al mirarse al espejo. Es autoalergia, porque las vacas comen maíz transgénico plantado en una tierra muerta regada de petróleos sin lactosa. Y luego pasa lo que pasa. Barbecho, por todos los santos, barbecho. Antibióticos en el alma del cereal y en las tetas del ganado. Asunción del pesticida. Una guitarra fingida hace las veces de canción. De nana puta a la que se le bajan las actualizaciones pertinentes. Cantada para adentro, como los gruñidos de las tripas que incomodan en las salas de espera sin radio de fondo. Música de un dios intestinal, celíaco y con cagaleras chungas, que difunde mediostiempos arañándose las pelotas un poco por debajo de la mesa. Hijos de un preservativo comprado en cash converter. Villancicos enseñados al sobrino más pequeño y vulnerable, con la letra cambiada para que se joda y críe odio. Un fa mayor se atasca en la garganta del sonido. Urge maniobra de Hendrix. Escupe la nuez o muere, tímpano de yeso, oreja de hormigón. La impostura de las ondas. El chocolate de cerdo. Panceta de cacao. El sucedáneo. Distorsión: mira, mamá, sin manos.

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