viernes, junio 03, 2011

 

--ZIRI Y LA HUMAN CONDITIO--

Carta de los faristolos a los corintellados, según Atahualpa You´re Punkie. 

Estaban los corintellados viejos leyendo papiros del corazón y observando los posos amarillos de un oráculo augur que no vaticinaba más allá de diez minutos, cuando llegó por detrás San Son (un travieso hijo de santo con gusto por el inglés hablado y escrito) y les propinó un porrazo en las lumbares.
Y éstos, lejos de inmutarse, no fueron ni al médico, pues el dorso de los corintellados era duro cual el de un paquidermo forrado con pezuña de caballo chapada en bronce. 
Los faristolos, en cambio, eran mitad cobardes, mitad semivalientes, y tenían la propiedad de sentir en carne propia el mal de según qué ajenos, por lo general pocos.
Vivían en cuevas que habían excavado ellos mismos con las propias manos de otros faristolos que ejercían de supuestos albañiles en épocas de bondad y que en realidad se valían de corintellados para tales tareas.
Sus actividades comerciales se realizaban por medio del trueque. Así pues, por ejemplo, un caballo se podía adquirir por sesenta y ocho coma veinticinco trueques, y un kilo de manzanas valía cinco o seis céntimos de trueque -aunque pudiera también cambiarse por un caballo, perdiendo mucho en la transacción. 
Era de costumbre que quien más trueques poseyera, más mandase, más decidiese y más legisliere. 
En un principio, ya que todo tiene principio -hasta los finales lo tienen-, los faristolos y los corintellados convivían en paz y armonía sin hablarse apenas y sin casarse entre ellos aunque tuviesen distintos sexos. Mas poco a poco, transcurrían los siglos y la cosa seguía inmutable.
Hasta que un día llegó a la ciudad un extranjero de larga túnica arremangada, pelo espeso en las orejas, poblada cejijuntez y abierta sonrisa ambarina; un hombre alto, fuerte, robusto y delgado (robusto de la cintura para arriba y delgado de la minga para abajo), locuaz y convincente, conocedor y viajado, que traía una gran piedra arrastrada con esfuerzo y cuerdas. 
El forastero se dirigió a la plaza -que estaba libre pese a ser sábado y hallarse en pleno centro-, se refrescó en la fuente y colocó el piedrón en el medio.
Luego se encaramó a él e invitó a los ciudadanos a formularle preguntas. El visitante era Ziri, el profeta sabio, naturalmente.
A las dos horas, o quizás tres, o tres y pico, o cuatro horas, o cinco, o seis, la plaza estaba llena de gentes curiosas, y normales también. 
Entonces Ziri les preguntó si ellos tenían alguna pregunta.
Un señor totalmente blanquecino y canoso, no por viejo, sino por venir de fornicar en un molino harinero de su propiedad, le dijo:

-Esto se está poniendo muy feo. La condición humana lo invade todo. ¿Qué hacer?
Y Ziri le contestare:

-Hermano, por tus atuendos te distingo miembro de las tribus faristolas y sabido es que tu pueblo se fue subiendo, con el paso de las lunas, a la chepa encallecida de los corintellados, sabedor de que son tontos como tal vez nadie más lo sea. No obstante, todo tiene un límite en esta vida, y como yo me había establecido un límite de tiempo en las contestaciones, corto aquí mi respuesta al haberlo rebasado.

A continuación, uno de los presentes, al que describiría con gusto si supiera cómo hacerlo, le dijo:

-Señor, yo soy un corintellado y llevo a mis espaldas a treinta y cinco faristolos que cada vez son más gordos y pesados. Temo que mis vértebras no aguanten por mucho más tamaña carga, o bla di, o bla dá, aleti, aleti, ra ra ra!

A lo que Ziri contestuvo:

-Tonta es tu raza, efectivamente, pues en tu persona se certifica, mas no déislo por irreversible, que no hay calcetín que no pueda cambiar de cara. Te digo a ti y a tu pueblo entero, que os neguéis a dar soporte al opresor, que desobedezcáis, que adoptéis la bandera incolora de la negativa y que exijáis reparto y justicia. ¡Tiempo!

En éstas intervino un sabihondo faristolo:

-¡Majaderías populistas! ¿Acaso no es bien sabido que si tuviesen los corintellados las riendas de las decisiones y el poder, acabarían pudriéndose también hasta convertirse en lo mismo que ahora critican? ¿Acaso no empezarían justos para terminar despóticos?

Y Ziri, encendiéndose un piti, sentenció con su proverbial sabiduría:

-Eso es casi, casi, casi, seguro, amigo. Pero aun si la condición humana fuera incorregible, por lo menos un cambio de sistema aseguraría, entre que se pudre y no se pudre, una temporadita de honradez. Y algo es algo.
_FIN_


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