sábado, diciembre 12, 2009

 

--LA ALGARROBA--

Algarroba: la inflexión.
Una algarroba cambió mi vida. O la hizo, mejor dicho, cuando aún no estaba sino esbozándose en colores Alpino. Soy quien soy por culpa o gracias a las algarrobas: lo juro por el Mediterráneo. Lo juro por su monarca, por su emperador, por su divino César, el algarrobo, árbol de sal y de crudeza, de fruto negro y áspero como mi vida en pantalón corto de obligado cumplimiento, cuando la vida era toda en sí de obligado cumplimiento.
La algarroba: mi particular antihostia. Si tuviese que inventarle un escudo heráldico a mi apellido, como se inventaron el suyo quienes ostentan uno, sería una cruz de algarrobas sobre campo de zarza y ortiga. Y el olor que me llevaría a una isla desierta, junto a no sé qué libro y sí sé qué disco, habría de ser el que emana de una algarroba madura casi seca cuando se parte por la mitad.
La algarroba me abrió los ojos, me descargó los programas en la mente cuando era tan listo como no lo he sido nunca más. Nunca tuve ni tendré mayor inteligencia que a los ocho años. Y se lo debo a las algarrobas, lo sé seguro. Después de aquello ya todo ha sido bajar hasta donde estoy ahora, y será seguir en descenso lo que me quede de aquí a la muerte.
Ocho años. Hostias. Miedo. Tiña. Orines. Entendimiento. Algarrobas.
La algarroba: el norte.


Aquella mierda de señora se llamaba o Junia, o Agosta, o algo de por el medio. Era la madre de mi único amigo entonces. ¿Qué tendría ella, cincuenta años? Por ahí andaría seguramente. Y nada la hacía más feliz que compararme con su mocoso y humillarme. Yo ya tenía bastante en el colegio con sufrir a un maestro cuya misión en el mundo era pegar a niños de ocho años, sobre todo a mí. Un perro cavernario que me abofeteaba cada día, que me odiaba particularmente por ser un chico nervioso de mirada resistente, que me hacía preguntas-trampa para darme una hostia más, una suerte de subteniente frustrado que preparaba los bofetones con parsimonia, con liturgia, con método, que estampaba la palma abierta de su mano contra las diminutas caras de la miseria y la indefensión. Luego, cada vez que terminaba la clase, nos obligaba a estrechar su mano, la mano agresora, no sé si forzándonos a perdonarle continuamente o como vomitivo gesto de humillación. Tercero de primaria. Rosario sabatino. Himnos indeseables. Disciplina castrense de generalato barriobajero. Y también algarrobas, afortunadamente algarrobas. La algarroba fue para mí el antídoto de la podredumbre, la vacuna contra la jerarquía, contra los galones, contra las estatuas y los crucifijos arrojadizos, contra los adultos que mueren octogenarios sin haberlo sido un solo día de sus putas vidas, contra la mala incultura, contra la admisión, contra las hemorragias nasales, contra el dolor y contra la violencia. (Cuando ya tenía dieciséis años, los pelos por los hombros, un pantalón que me marcaba más polla de la que en realidad tenía, una camisa abierta, un pecho fuerte y varonil y sobre él un colgante de hierro con la cara de Hendrix, vi a aquel maldito maestro hijo de perra subir por el paseo. Lo vi de lejos. Yo estaba en la otra punta bajando. Nos cruzaríamos en unos segundos. Yo iba pensando mientras en pillarlo de las solapas y devolverle todas las hostias, todas las burlas y todas las encerronas de que me hizo objeto. Yo iba pensando en que por una vez venganza y justicia fueran sinónimos. Iba acelerando mi corazón y sentía cómo me pulsaba en los ojos, cómo mis dientes cerraban como tenazas partiendo un clavo, cómo mis puños se volvían corteza de algarrobo. La cabeza me dictaba palabras a una velocidad en que se superponían mil discursos como si tuviese un estadio dentro en el que todos los espectadores increpan al árbitro: ¿Oye, hijo de la gran puta, ¿te acuerdas de mí? ¿no? Sí, hombre, sí: soy el hijo de la portera, cerdo degenerado, aquel niño tembloroso y saltarín que se portaba bien en clase, que no rechistaba y que al final hasta sacaba buenas notas pese a ti. Sí, hombre, sí. Y si no te vengo a la cabeza, ¿te acuerdas del Carmona, del Meléndez, del Rull, del Molina, del Vázquez...? del Vázquez tienes que acordarte pedazo de cabrón: el niño al que pegaste dieciocho bofetadas seguidas -dieciocho crímenes que yo no olvidaré jamás-, tantas como problemas del cuaderno Salvatella tenía sin hacer. ¿Y ahora, qué, eh? ahora te voy a romper la cara en mi nombre y en el de todas tus víctimas, pero antes te quitaré las gafas con la misma ceremonia, con la misma solemnidad, con la misma sádica lentitud con que tú lo hacías a los niños que las llevaban)
Al pasar por su lado, él ni me miró, y yo en ese momento lo sentí tan viejo que me tragué la hiel y lo dejé pasar. Cuando se me fue de la boca el agrio amargo, se manifestó en mi lengua el gusto de la algarroba, el sabor amable de una rotunda victoria.
La algarroba: el raciocinio.

Aquella mierda de señora, la Julia, la madre de mi amigo, vivía en una casa alta y estrecha, casi sin ventanas, excampesina, con lo que fuera cuadra en la planta baja, reconvertida por el marido en conejera. Pero nada más entrar, y ahí quería llegar, al abrir la puerta una montaña de algarrobas extendidas dejaban el acceso justo a la escalera. Yo cada vez que iba elegía cuidadosamente una, la que estuviese en su punto para comérmela. En esos años el paladar de un puto paria se contentaba con lo que fuera, porque hambre lo que se dice hambre de rancho en plato no es que hubiese, pero sí una falta casi total de caprichos infantiles, de golosinas y de posibilidades en general. Si conseguíamos dos reales, cosa poco frecuente, corríamos locos a invertirlos al quiosco del paseo. Palos de regaliz, naturales cien por cien, con tierra y todo; pastillas de leche de burra, que jamás supimos de qué estaban hechas; chicles negros Bazooka, supuestamente también de regaliz, espesos, bastos, petróleo de mascar sin refinar; caramelos a granel, indisolublemente unidos a su envoltorio; chufas, secas como garbanzos crudos; también nos comíamos cientos de cosas que crecían por el campo, bayas de plantas que ahora mismo no reconocería o frutos de árboles desprestigiados.
La señora, pues, me vio comiendo una algarroba. Ella era una mujer hecha de morcilla y chorizo pamplonica, con culo para tres butacas y extremidades como almohadones de matrimonio. Su hijo, mi amigo, no gustaba de las algarrobas, ni nadie en esa familia por lo visto. Me miró fijamente y arrellanándose como una asquerosa clueca en su sofá, empezó a reírse de mí una vez más. Mirad, mirad, el Blasín: come algarrobas como los borricos. ¿No te dan de comer en tu casa? ¿quieres un poco de pienso de los conejos para postre?
Y yo entonces supe que para ciertas cosas mi memoria se estaba formando en alta definición, supe en qué equipo jugaría el resto de la liga, supe a qué edad fui adulto, supe que la mayoría no lo será a ninguna, y supe que una algarroba da más luz que las antorchas.
Nada puede ofenderme pues: desde los ocho años me protege una algarroba.

Comments:
Es condenadamente bueno, Sr. Deker. Me ha emocionado, oiga. Me ha hecho recordar mi infancia, lejana... Lo mio no eran las algarrobas, eran las habas, pero el recuerdo es casi el mismo.

Eso si, el video, una puta mierda, con perdón.
 
Cuánta razón lleva en la última frase, Doctor. Y le agradezco desde el fondo de mi corazón su total sinceridad.

(Menos mal que nada puede dañarme, cabronazo)

Reciba un beso y un apretón.
 
deker.

en el planeta tierra, por si no lo sabe, lo normal es forrarse cuando sabes juntar cuatro frases con sentido y sin faltas. usted, además, dice cosas. y todo ello gratis et amore. por favor, dígame. ¿de qué planeta es usted?


en cuanto al vídeo, de acuerdo con el doctor, pero sin el perdón.
 
Blerrrp, bleeerrrpp bleeeerrppp.. ...soy del Planeta Putadón-15... a trres millones de años-fecsa de aquí....en la Galaxia de Andróminas...vengo en ssson de paz.... intento comunicarrrrme con ustedes mediante perrrrcusiones con lo primero que pillo.......
la última frrrase no la he leído, cabrrrronaza... blerrrp... blerrp.... klaatu barada nikto
amigo....amigo...bleeerrp.
 
efectivamente, he aquí un putante del 15: qué fácil es desenmascararles. sea más precavido, ande, que no está el cosmos para bollos y por donde pasa fecsa, huna y trina, no vuelve a crecer la hierba.
 
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