viernes, junio 29, 2007

 

-MICRONOVELA-

Mi matrimonio había entrado en resaca de costumbres. No iba mal. Iba como todos, pero uno no se resigna a la linealidad infinita. Duele creerse distinto y padecer un mal común.
Jamás pensé en buscar una salida vulgar. Jamás quise hacer lo que todos. No me veía ligando con otra mujer y mintiendo a la mía. Y al final lo hice.
En los primeros encuentros me sentía hombrunamente satisfecho, es cierto, aunque al darle el beso de despedida, me marchaba escaleras abajo restregándome por los ojos y por el pensamiento un delito de traición.
Poco a poco mi cabeza empezó a dudar sobre la identidad del ofendido y me preguntaba a quién decepcionaría más, si a mi mujer o a mí mismo.

Ella, mi amante, era un bombón, una suerte, algo para pellizcarse y comprobar si sueñas o vives. Y joven, al menos para mí. Ocho años menor que mi esposa y sin partos ni lactancias que hubiesen hecho mella en su figura.
Me entendía bien con ella. Le reverdece a uno el alma poder contar todo aquello ya contado a alguien que nunca lo ha oído y lo aprecia como ingenioso. Le llena a uno de orgullo arrancar una risa sincera con el viejo chiste desgastado entre su gente.
Al principio en toda relación, igual en la de esposa que en la de amante, la ilusión destella tanto, que esas aristas que cada cual tenemos en el temperamento parecen ir recubiertas por una capa de silicona que impide herirse al rozar con ellas. Y lo que tiene el principio es que no dura siempre, hay principios más largos que otros, desde luego, pero ninguno eterno.

Cuando se terminaron los principios con mi amante, las quejas que de ella brotaban, me resultaron harto familiares. Claro, uno tiene los mismos defectos de siempre. Por tanto los consejos, recriminaciones y lamentos que escuchaba de la nueva eran idénticos a los que ya me hartaron en la vieja.
Todos tenemos algo. Nadie es intachable.
Yo soy despistado, falto de concentración, olvidadizo. Tanto a una como a otra les irritaba sobremanera que yo no recordase las fechas santificadas por el uso y la costumbre.
Nunca sé cuando es el cumpleaños de nadie, ni la fecha en que conocí a ninguna, ni su color favorito, ni qué me encargó ayer mismo para que se lo trajera hoy.
Pero, maldita sea, también se me pasa mi propio cumpleaños y no me riño por ello. Yo lo veo natural. Hay gente con memoria amplia y general, y gente con memoria pequeña, flaca y para colmo dotada de autonomía selectiva. Contra eso no se puede hacer nada. Nunca recuerdo en qué calle aparqué el coche pero jamás lo he perdido. No es tan grave, caramba. Tengo que volver dos veces al horno para ver si lo apagué, dos veces a la puerta para comprobar si eché la llave, tengo que mirar mil veces los bolsillos de la americana para asegurarme de que llevo la documentación, las llaves, el tabaco... Pero nunca se ha incendiado la casa por mi culpa, ni me la he dejado abierta, ni me ha parado la policía sin carnet.
En fin, por qué se obcecan las personas con esos detalles y no los consideran unos simples imponderables veniales que para nada empañan el grueso del carácter y bondades de un sujeto. Por qué con el tiempo son magnificadas esas minucias hasta entoldar el hecho verdaderamente importante de que uno es un buen tipo.

Ella, mi amante, poco a poco se enfurecía más y más con mis olvidos. Ya cuando nos despedíamos me decía cosas como: no sé si pedirte que compres tú las entradas para el cine el lunes, ya que te coge de paso, o ir yo misma con el autobús expresamente, porque no te vas a acordar, estoy segura, ni apuntándotelo en un papel. Olvidarías el papel y se lo encontraría tu mujer, como si lo viera. Es que no pones voluntad, hombre. Hablo contigo y no sé si valdrá para algo mi gasto de saliva. De un día para otro me preguntas cosas que ya te aclaré ayer. Eso cansa. Que no cuesta tanto. Que no es alzaimer, es desidia.

Yo la intentaba convencer de que no era algo voluntario. Le insistía en toda la cantidad cosas que olvidaba y que sólo me afectaban a mí. No sólo olvidaba cosas suyas o de otros. También las mías, las que sólo a mí incumbían. Por qué iba uno a hacerse eso a sí mismo... Sería ya una seria patología, un desorden psíquico autolesivo. Pero nada, a la siguiente vez se repetían las mismas cantinelas.

Sé que puede ser fastidioso en ocasiones lidiar con alguien así, pero el primer afectado no es otro que uno mismo. En el plazo de un año leí dos veces “Corazón tan blanco” porque lo compré dos veces. Y cuando pedí por correo siete discos que me faltaban para una colección que pretendía terminar, resultó que al abrir el paquete, tres de ellos ya los tenía. Qué más penitencia pueden pedir.
Está visto que no es suficiente con ser educado, alegre, cariñoso y justo. Eso basta en los comienzos, pero a la larga hay que ser pluscuamperfecto. Y no sé yo...

El caso es que llegó un momento en que ya no distinguía la vida conyugal de la ilícita. Eran dos relaciones siamesas unidas por la queja y la reprimenda. En ese estado de cosas, no tardó en llegar el día en que decidí que debía abandonar una de las dos. Y fue la de la amante, claro está. Entre otras razones porque no tenía hijos con ella.
Estuvimos hablando aquella tarde. No nos fuimos a la cama, no nos abrazamos en el sofá, no nos metimos en la bañera. Sólo hablamos. Le expuse con franqueza y pesar lo que no eran sino evidencias. Que ya se había roto el hechizo, que ya mis gracias no le hacían gracia y que mis torpezas antes ignoradas, le parecían ahora pecados imperdonables. También añadí que ser objeto continuado de reproches había ido devaluando paulatinamente la intensidad de mis pasiones. Aquello estaba en agonía y no tenía visos de ser recuperable.
Ella lloró y yo me sentí horrible. Creí que por pena pero estaba muy equivocado. Lo que había en ella era rabia. He de admitir que mi perplejidad aumentó cuando me dijo que no me iba a ser tan fácil, que no me iba a ir de rositas.
Pero qué podía hacer yo, se preguntaba mi cerebro aturdido, qué pretendería aquella mujer. Si una relación está agotada, y la nuestra lo estaba, qué más hay que hacer.
Ella me amenazó si la abandonaba así por las buenas, con decírselo a mi esposa y a mis hijos, dos varones hechos y derechos. Dijo que no se quedaría quietecita viéndome marchar después de cuatro años de intimidades sin al menos una buena indemnización, que se merecía un mejor trato. Ya estábamos al cabo de la calle: me exigía una pensión.
Yo no podía creer lo que estaba viviendo. Del sueño a la pesadilla sólo hay un paso de minutero. Podría darle algo, no sé, un dinero como desagravio en ese mismo instante o tal vez en menos de una semana, pero no una cantidad todos los meses. Se notaría. Mi sueldo va en nómina, con todo especificado. Mi mujer vería en los extractos del banco unas salidas sin justificación. Cada vez que utiliza un cajero automático mira los últimos movimientos. Lo hace por rutina.

Mi amante era divorciada y su ex marido se dio a la fuga. Un mes dejó de pasarle la paga y ya nunca más se supo. Quizás por eso su actitud canalla.
Siempre nos habíamos visto en su casa, en una ciudad a 40 minutos en coche de la mía. No iba muy bien económicamente y yo de vez en cuando la ayudaba un poco. Compraba cosas necesarias, si se le había roto la batidora, si necesitaba un microondas, o bien le llenaba la nevera, etc. Pero nunca una paga fija que pudiese delatarme.

Al final quedamos en que ya intentaría resolver el problema, que me diera tiempo para ver cómo. Y ella insistía en que hasta eso se me olvidaría. Yo le juraba que no, que cómo se me iba a olvidar un problema que me amenazaba el modo de vida, el matrimonio, que podría poner en jaque a mi familia entera...

La llamé un lunes, creo, y le dije que no podía ser, que mejor hablaríamos mañana cara a cara y quizás pudiera pasarle unas acciones que me dieron de la empresa hace tantos años que ni mi mujer las tenía en cuenta. También imploré que no me hiciera eso, que tuviera presentes los tiempos compañeros, aquellos en que yo la salvé de la depresión y ella me libró del tedio.
Me contestó que muy poco parecían importarme ahora los buenos tiempos, que era un cabrón como todos los hombres y que ya podía espabilar si pretendía seguir pasando por un honrado padre y marido.

La noche de ese día fue una verdadera tortura para mí. A mi mujer le dije que me encontraba mal y que me iba a la cama sin cenar. Lo cierto es que no pude pegar ojo. Un torbellino de pensamientos me percutía dentro de la cabeza como un badajo impidiendo cualquier posibilidad de sosiego. Un aluvión de ideas envenenadas vinieron a sorprenderme y a hacer de mí un desconocido.
Un hombre bueno no se merece que lo traten como a uno malo. Siempre fui gentil con aquella mujer que ahora quería hundirme. Nadie tiene derecho a fustigar a un inocente. Yo nunca la obligué a nada, éramos mayores y dueños de nuestras decisiones. Ella hizo lo que hizo porque quiso. No era justo que yo pagase un precio tan brutal por algo libre y voluntario.
Me había costado toda una vida construir y mantener una familia decente, y no se podía permitir que un breve pasaje temporal la arruinase de principio a fin. Ya habíamos visto cómo un defecto se hunde en la balanza mucho más que mil virtudes. Y aquella minucia, aquel espacio de tiempo ridículo, me pondría en contra a mis propios hijos y me llevaría ante un abogado que defendería a mi esposa con una parte de mi dinero para intentar quitarme el resto.

Debo admitir que nunca me he sentido peor que en ese momento. No sé ni cómo explicarlo. Lo que sí sé es que pensé incluso en el asesinato. Fantaseé con estrangulamientos, puñaladas, fármacos, caídas de escalera, en fin, con todo lo que cualquiera ha visto en cientos de telefilmes.

Acudí el martes como había prometido y mi amante me recibió con sorna. Vaya, te has acordado, qué milagro. Hay que apretarte las tuercas para que te funcione la memoria.
Todo fue discusión por parte de ella e intentos de razón por parte mía. Estaba como un gato asilvestrado que ya no atiende a la voz serena y aun la interpreta como signo de debilidad para crecerse.
Yo, ante el panorama, quería irme lo antes posible y le di mi palabra de que en la próxima semana le llevaría el importe de las acciones. Cuándo exactamente, me dijo ella. El jueves sin falta, le dije yo.
Mientras bajaba por la escalera todavía oí en su voz la monserga, mejor que te acuerdes, bonito, que tú no sabes ni en el día que estás, que tú de un día para otro ya no te acuerdas de nada...
La realidad es que en esa semana yo no daba pie con bola. Las horas, las jornadas eran una bruma de azufres, asfixiante y cegadora. En el trabajo no conseguí retener ni una de las instrucciones del jefe, ni los asuntos lógicos de colaboración con compañeros de otras secciones, ni nada en absoluto. Mi cabeza era incapaz de concentrarse, de aplicarse en la faena. Me excusé achacándoselo a una migraña, aunque por supuesto la ponzoña que me ocupaba el cerebro no era otra que el vil chantaje de mi amante.
En mi pensamiento se hacinaban ideas macabras a cual peor. Y eran tantas y tan al galope que las olvidaba y venían nuevas, o tal vez volvían las mismas a agolparse y a abrirse hueco en mi sufrimiento.
No comí apenas bocado esperando el jueves. Porque le había dicho el jueves, seguro, eso no podía permitir que se olvidase. Un calvario. No conseguí pasar una sola noche en paz. Todo lo que tuve fueron escasos duermevelas de sangre y angustia. No podía sostener un café sin que se vertiera sobre mi camisa. Hasta en el suicidio llegué a pensar.

Y vino el jueves con la decisión tomada. Lo del suicidio me dio la pista. Si soy capaz de tener en cuenta esa desesperada posibilidad, mejor la mato, que para quitarme de en medio siempre hay tiempo. En cambio, si me sale bien el crimen...

Aparqué el coche a una manzana y continué a pie. Subí las escaleras despacio y con cuidado de no taconear. Abrí con mi llave la puerta de la casa, porque aún conservaba una copia, y entré en silencio. Sabía, por las veces en que hacía lo mismo para darle una sorpresa, que ella a esa hora estaría seguramente sentada en la silla de director de cine leyendo revistas, haciendo media o punto de cruz. Eran las cosas con las que mataba el tiempo. Pero ahora yo la iba a matar a ella. Y ya lo tenía planeado.
Me acerqué y en efecto la vi sentada en la oscuridad, iluminada tan sólo por el foquito de pinza que le facilitaba la luz justa para sus menesteres. Todo lo demás permanecía en negro. Sigilosamente fui por su espalda, agachado, y durante unos segundos detuve mi mirada en sus hombros. La pequeña bombilla les daba aspecto de melocotón, la dibujaba. Era bella. Y cómo la quise. La quise mucho. Una mariposa que se había vuelto gusano, pensé. Y mis ojos se amenazaron de grietas.
Agachado a su espalda alargué la mano hasta una especie de carcaj que tenía junto a la cesta de sus labores y cogí una aguja de hacer media; calculé desde ahí el punto concreto por el que habría de entrar la estocada para ser certera, y con un golpe brusco atravesé el respaldo de la silla y su camiseta de tirantes de parte a parte. Si no había fallado, su corazón debía estar en la mitad, ensartado en la fina barra de aluminio, y su vida bajando lentamente en un par de gotas rojas.

Ella no tuvo tiempo de sobresaltarse. Fue limpio y rápido. Ni en mi mejor previsión lo había imaginado tan perfecto.
Me puse en pie y me quedé unos instantes quieto como un soldado. Ya no me calentarás más la cabeza con mi dichosa memoria, pensé, te dije que el jueves sin falta y el jueves sin falta, aquí estoy puntual, qué te parece.
Le puse la mano en el hombro y una sensación de paro cardiaco me invadió por dentro. Estaba completamente helada. Di unos pasos, me puse frente a ella y la vi blanca como la leche. Bajé la mirada a su pecho y por él asomaban dos puntas de aguja. Dos.
Mi frente empezó a sudar escarcha: estoy seguro de que habíamos quedado el jueves. Maldita sea mi madre, ¿entonces qué día es hoy?.

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