sábado, abril 07, 2007

 

--FRANK ZAPPA- 3--

Pasados unos meses, efectivamente el jefe de Frank encontró válida la idea y la llevó a cabo. El negocio de comidas por encargo prosperó gracias a su americanidad, y el orgullo de comer aquello se extendió por la ciudad como el pesticida de una avioneta.
Llegado el momento, Frank sugirió al propietario que se dignase destacarlo crematísticamente dada su decisiva influencia en el buen navegar del negocio, ya que suya había sido la certera idea.
Y sin dar lugar a una engorrosa insistencia, fue dotado con dos patadas en el bajo vientre, sacado a rastras al callejón de la basura e incrustado en ella de cabeza.
Frank, con la cara hundida en las mondas de patata y las raspas de pescado, mientras aún le resonaban los ecos de las risotadas ogroides del canalla, se juró que si alcanzaba un día la fama se vengaría de él, y que si por el contrario no se comía un rosco en la vida, echaría tierra sobre el asunto.

CAPÍTULO 75
Frank se levantó temprano y lo supo por la hora. Tenía la idea clara. Había previsto ir al mercadillo a por una guitarra.
Si llego tarde –pensó- quizás pierda alguna oportunidad; en cambio si voy en cuanto lo instalen tal vez encuentre todos los artículos sin que se hayan vendido.

Cogió el metro, vacío aún, y se ensoño durante el trayecto, admirando estación tras estación a aquellos tipos que tocaban sus instrumentos con un sombrero a sus pies. ¡Oh, señor, qué maravilla!. Algún día Frank Zappa llegaría a ser como ellos. Ya podía ver su nombre luminoso de neón en las principales paradas del subterráneo, o escrito con esprais fosforescentes por los más acreditados grafiteros de California.
Vendrían incluso autobuses llenos de jubilados de Baltimore a verle actuar y a echar monedas en la funda de su guitarra. Todos los empleados del Metro le saludarían con respeto., querrían una foto dedicada, le pedirían autógrafos y no sé cuántas cosas más. Todos los noveles solicitarían su consejo para abrirse un hueco en ese mundo elitista gobernado por él.
No descartaba hacer algunas galas por los suburbanos de otras ciudades importantes. Se veía improvisando solos ultraterrenales con su ampli de 100 vatios musicales y su equipazo de pedales, fuzz, eco, wah wah... ¡Dios santo, qué grande iba a ser eso.!
Estaba convencido de llegar muy muy muy lejos.


De momento el encantamiento le estaba llevando doce paradas más lejos de la que convenía. Cuando despertó tuvo que bajar corriendo a meterse en el tren de vuelta.
Una horita perdida para allá y otra para acá, el caso es que cuando por fin llegó al mercadillo, estaba abarrotado de gente y lo que pudiera haber habido de bueno ya se había esfumado.
Frank se tiraba de los pelos. Miró, remiró y escrutó pormenorizadamente cuantos tenderetes quedaban con género expuesto, pero no hubo suerte. Sólo chatarra, una bandurria, un banjo, unos bongos sin parche, unas flautas oxidadas y una cajita de púas.

Ya se iba cabizbajo con la nariz húmeda.
Una sequedad mortal le emergía por la nuez del cuello. Pólvora en la garganta. Ganas de morir, de sucumbir, de abandonar el mundo, de suicidarse él mismo con sus propias manos. Nada le parecía suficiente para purgar su imperdonable negligencia. Quería que le estallase el corazón, que se le fundiera la cabeza, que le dieran tirones musculares y le cogieran calambres. Frank hubiese deseado toser.

Se sentó en la acera y cuando estaba a punto de golpearse las espinillas con un canto rodado, una voz le sobresaltó murmurando a su oído.
-Chico, tengo lo que buscas: maría, coca, jaco, anfetas, peyote...
Frank no conocía esas sustancias. No sé qué dice este tío, pensó.
-¡Yo lo que quiero es una puta guitarra.!- Gritó cabreadísimo.
-Tranqui, nene, que yo tengo de todo y bueno. Ven conmigo, anda. Sólo hay que saber buscar.- Le contestó el desconocido.

Lo levantó del brazo y se lo llevó con él. Doblaron dos esquinas que daban a dos calles y dos rectas que daban contra la pared. En una de éstas abrió una vieja puerta de persiana, encendió una bombilla de cuarenta que justo se alumbraba ella misma y poco más, y allí se pudo adivinar un trastero lleno de objetos diversos y docenas de cajas apiladas de forma anárquica.
El tipo levantó alguna de ellas, abrió, miró, desechó, fue a por otras, se cabreó, blasfemó con dudoso gusto, continuó probando suerte, y al cabo tuvo éxito.

Llevó bajo la bombilla una maleta guitarromorfa que rebozada en polvo se adivinaba de cuadritos verdes y azules cual ropa de mantel. Frank se apresuró a abrirla y en ese instante comprendió cómo debió sentirse aquella mítica Bernardette cuando apareció ante ella la Virgen del Pilar. Era una guitarra, lo del interior era una verdadera guitarra eléctrica, “su” guitarra.
El trapichero le pidió nada menos que 86 dólares. Frank vació sus calcetines y reunió 7 billetes de 10 dólares, dos de 5 y uno de 8. Ese granuja le dijo que no llevaba cambio y le apañó las vueltas con un poquillo de droga, asegurándole que todos los que tocaban la guitarra eléctrica lo hacían metiéndose algo, ya que de otra manera jamás podrían lograr esos vertiginosos punteos.
Frank aceptó y se fue más contento que un par de pies con zapatos nuevos.

Fin del capítulo.
(Parece que tiene visos de continuidad por el momento.)


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