domingo, marzo 18, 2007

 

-BIOGRAFÍA AUTORIZADA DE FRANK ZAPPA--

Como dijo Orson Fuelles: “Hay hombres demasiado grandes para este planeta..., e incluso para otros mayores.”

CAPÍTULO UNO

Todo empezó un día porque todo empieza un día. Doña Berta parecía empeñada en ir de parto pese a que su marido, Howard Zappa, insistía en convencerla de que sólo estaba de cuatro meses y medio:
-Howie, quiero parir de una puta vez. Estoy harta ya de esto.
-Pero mujer, sé razonable...
-¡Que no!. ¡Yo no sé qué mierda de engendro llevo en la barriga, pero el caso es que me apesta el aliento desde la primera falta!. ¡O sea que o lo suelto como esté o yo no aguanto cuatro meses y pico más con este asco.!
-Está bien, Berta. Voy a por el coche y te llevo a la clínica ahora mismo. Espero que el viejo doctor Mec sabrá qué debe hacerse.

Howard la llevó a todo gas. Informaron al médico y se le practicó una ecografía en blanco y negro con subtítulos. El galeno alucinaba:
-O bien tenemos interferencias en la imagen del monitor, o estamos ante un ser de nuevo cuño que hará las delicias de un laboratorio. ¡Qué cosa, amigos.!
-¡Sáquelo ya, doctor, por su madre.!

Después de tres horas, el doctor Mec extrajo la cabeza de aquel pseudoalgo, y le dijo a la señora:
-Ya le veo la cara, es un chico.
-¿Lo sabe por la cara.? Vamos, hombre, no me joda.
-No, verá, yo acostumbro a saberlo por las pelotas y eso, pero es que éste lleva bigotillo. ¡Guau, vaya caso para la investigación.! (Ya estoy viendo nuestras fotos en todas las revistas.)
-¡Bueno doctor, deje de soñar y quítemelo ya, venga.!

El niño nació por fin dando un peso mucho menor del que tendría quince años más tarde por ejemplo. Era lo suficientemente apto para poderlo considerar sano pero por repelús decidieron encerrarlo algunos meses en la incubadora. Le dejaron dentro un poco de serrín, unas hojas de lechuga, algo de aire para que se fuese apañando, y lo olvidaron medio año.
Cuando más tranquila estaba doña Berta, recibió en su buzón una nota del juzgado que la obligaba a pasar por la clínica, recoger al retoño y llevárselo para casa.
El periodo de la incubadora le había sentado de perlas al chaval, que ya presentaba el bigote panchovilla terminado por completo y un apunte de barbita bajo el labio inferior, además de un par de cejas como sombrillas y unas melenas que le hubieran hecho saltar las lágrimas al mismísimo Jesucristo.
El niño ya sabía decir, entornando los ojos: “Queeeé paaasssa.”

(En imagen vemos una pintura india arapajode sobre piel de bisonte. Es la edición facsímil del nacimiento precolombino de Zappa.)

Lo bautizaron. El señor Howard se negó en redondo a que llevara su nombre y a hurtadillas lo inscribió en el registro como Frank.
Frank ya andaba solo. Como todos los críos pequeños, muchas noches su silueta aparecía recortada bajo el marco de la puerta en la habitación de sus padres, desorientado por algún mal sueño. Howard no podía acostumbrarse a eso por más que lo intentaba incluso a base de tratamiento psicológico profesional, terapias de grupo, sesiones de hipnosis, técnicas orientales de relax, o borracheras frecuentes.
Una noche con los ojos desorbitados y los pelos de punta, tras haberse enfrentado a otro de los sustazos, le dijo a Berta que se iba a por tabaco y se largó corriendo. El cabrón de Howard mentía. En realidad fue a colgarse de la polea del garaje.
El trágico evento marcó la infancia de Frankie, que a tan temprana edad permanecía ajeno a todo jugando con sus monigotes y viendo la tele.
Doña Berta le guardó estricto luto seis días y desposó en segundas nupcias con un tal Abelardo Fardo, ítaloamericano y viajante empedernido desde que entrase a trabajar en la compañía de ferrocarriles como revisor.
El hombre no paraba casi nunca en casa y la triste esposa se sumió en una depresión tal que la llevó a la tumba en poco más de un año.
Frank Zappa pasó de tener madre y padrastro, a tener padrastro y madrastra, ya que don Abelardo se volvió a casar con una fulana que frecuentaba la estación de trenes sobre todo por las noches y en los fines de semana.

Cada vez los vínculos familiares del chiquillo eran más y más lejanos. Y aún no habían acabado de difuminarse. En ocho o diez años, al morir de sífilis la pendona, contraer de nuevo matrimonio su padrastro con una dependienta, divorciarse al poco, quedarse bajo la custodia de esta última y asimismo ella casarse con el vocalista de una orquesta de verbenas, Frank Zappa hubo de desarrollar su crecimiento en el hogar de unos señores que no sabían muy bien quién coño era.
De todos modo Jeffrey Singermorning, padrastro en tercer grado de Frankie, influyó notablemente en el futuro del chico, inoculándole una enorme afición por la música.
El joven Frank se reveló como extraordinariamente apto para ella y en cuatro días aprendió a tocar un montón de instrumentos, mostrando, eso sí, una especial debilidad por los de cuerda. Dominaba la pandereta, el cascabel, la maraca con la izquierda, la zambomba, el triángulo y las palmadas. Pero algo le entristecía, algo lo dejaba insatisfecho: No eran instrumentos de cuerda pese a que él los atase con una.

Ya con dieciséis años cumplidos se armó de valor y le pidió a Jeffrey dinero para una guitarra. El señor Singermorning con sumo pesar le contestó que eran carísimas, que se esperase a conocer algo más de solfeo y sobre todo a saber leer y escribir música correctamente, pero que de todas maneras fuera a ver qué decía su madrastra:
-¿Qué madre.? ¿La dependienta.?
-No, hijo, esa me abandonó, ¿no recuerdas.? Tu actual madre es mi pareja de hecho con la que espero casarme pronto en Las Vegas. Se llama Doreen. Tú te presentas, le dices que vas de mi parte y se lo consultas.

Y así lo hizo:

-Hola Doreen, quiero una guitarra, a poder ser eléctrica.
-¿Ah, sí? ¿Y ya sabes leer y escribir correctamente música.?
-Pues claro, mira: La eme con la u, mu; la ese con la i, si; la ce con la a...
-Vaya, vaya. Me has impresionado hijo. Eres portentoso.

Esa mujer era de buena pasta, aunque tuviera menos cerebro que una persona. Le prometió a Frank que se la compraría con todo lo que pudiera ahorrar de las pensiones que le pasaban sus veintidós exmaridos.
Lo llevó varios domingos a las ocho de la tarde a ver tiendas del ramo, pero la mala suerte hacía que siempre encontraran cerrado.
El joven Frank Zappa con lágrimas y mocos abandonó su casa en un amanecer sombrío.
Antes de que despertaran sus padrastros se vistió en silencio. Le costó tres cuartos de hora calzarse aquellos pantalones tan extremadamente ceñidos que le marcaban hasta el sistema venoso. Le llevó treinta minutos conseguir abotonarse una camisa de flores que hubiera valido para una marioneta. Y tardó dos horas más en poder introducir sus pies en las botas de lentejuelas sin quitarse las chancletas.

Cuando hubo terminado, sus padrastros hacía mucho que se habían ido a la playa dejándole una nota para que no estuviera preocupado si llegaban tarde a comer.
Eso le vino bien. Pudo ratear a sus anchas toda la pasta que hubiese por los cajones, la calderilla del recibidor y del tarro de galletas, además de un par de tarjetas de crédito, que sin ser una fortuna, al menos le alcanzarían para una guitarra de segunda mano.

Consciente de que viviendo en una ciudad tan modesta como Párroco Jose , a mitad de camino entre las importantes San Francisco y San Diego, nunca tendría la oportunidad de abrirse camino, cogió el hatillo y se metió en la autopista de Los Angeles a hacer autostop.

FIN CAPÍTULO UNO.
(Seguramente tenga continuidad.)
(Al menos durante un tiempo.)

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