miércoles, diciembre 06, 2006

 

-SIN AZÚCAR-

-Bonita mañana de domingo, señor.
-Excelente para ser martes, Olegario.
-¿Cómo desea el señor hoy el café.? ¿Cómo siempre, solo, sin azúcar, sin cucharilla y con plato bajo la taza.?
-Sí, sí, bien, pero échele un poco de azúcar a algún objeto que tenga cerca del café allí en la cocina. Eso trae suerte y de paso muestra que la gente de mi posición tenemos azúcar de sobra y no tomamos el café solo por falta de medios.
-Para leer, qué prefiere, ¿prensa deportiva, el New York Times, la Vanguardia, el Wall Street Journal, unos papiros...?
-Tráigame la Hoja Parroquial, que no tengo hoy el cuerpo para desgracias. Y échele otra cucharadita de azúcar a algo.

Mientras el mayordomo hacía lo mandado, el barón observaba el cielo con esa delectación que sólo a los muy cultos se concede. Era el último eslabón de una cadena dinástica de generoso abolengo.
En aquella nube con puntillas blancas de huevo frito, adivinaba la sugerida forma de un heraldo trompetero; en aquella otra más gris del fondo, el voluptuoso contorno de una raspa de jurel. El capricho de la atmósfera es poesía, -pensaba el barón- cromatismo, volumen, textura... El sol que asoma lentamente, emergiendo de la sombra como un espía, su gran calva color butano y va pasando el glassex montaña abajo... el sol, un eficientísimo señor de la limpieza que descubre el vivo tono del paisaje.., la acuarela fresca del rocío, la camiseta mojada del verde prado...

-Tenga. El señor está servido.
-Gracias. Puede retirarse.
-Perdón, señor, si me lo permite, le diré que mientras le planchaba la Hoja Parroquial, no he podido evitar ver que la comunidad católica está muy movida. Preparan para los próximos meses un encuentro de fieles a nivel europeo, una manifestación contra el tercer mundo, una marcha pacífica en defensa de los monaguillos y unas jornadas de oración cortando la autopista A2.
-¿Y.?
-Pues que, en mi modesta opinión, señor, deduzco que están subiendo las acciones.
-Espléndido. Le agradezco el interés. Por cierto, Olegario, ayer mientras paseaba por los jardines vi que de nuevo el perro hizo sus necesidades bajo el magnolio. Deberemos tomar las pertinentes medidas.
-Así se hará, señor. Voy de inmediato a limpiarlo.
-Mejor mate al perro.
-Pero, ¿y la señora baronesa.? Ella adora a ese animal. Usted mismo se lo regaló.
-Ya he pensado en ello. Métalo en el Rolls, sujétele las patas delanteras al volante con cinta adhesiva, póngale unas gafas de sol, vacíele por encima una botella deVega Sicilia y despéñelo por el acantilado.
-Se hará como usted desee.
-Retírese pues.

El barón sorbía con serena elegancia su café cien por cien Colombia sin torrefacto y el paladar le envió al cerebro una vez más todo el placer de un nuevo día. Los dibujos del cielo en constante mutación le hicieron ver en unos cirros la silueta del cochino doberman precipitándose en el auto rocas abajo y rompiéndose en la espuma del mar hasta desaparecer. Será arrecife para los corales y los mejillones, –pensó- qué bello fin. A mí también me gustaría tener un final así, si no fuera porque no me quiero morir nunca.

-¡¡¡Olegario.!!! ¡¡Plas-plas-plas.!!! ¡¡¡Olegario.!!!
-¡Voy, señor.!
-Oiga, cuénteme algo gracioso, que estoy de buen humor.
-Hummm, no sé, señor barón..., así a bote pronto....
-Venga, improvise, que usted puede.
-Bueno, en fin... Esto eran un cordobeño y un zaragocense que iban en un tren...

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