domingo, diciembre 10, 2006

 

-NATURALEZA SALVAJE-

Hablar de los animales es fácil, demasiado fácil. Basta con ser biólogo marino, zoólogo de familia, ornitólogo aéreo o simple coleccionista de vídeos documentales.
Nosotros los amateurs podemos ir mucho más lejos en nuestras cavilaciones, ya que no estamos sometidos al corsé que siempre supone el academicismo normativo.
Abogamos desde una posición libre por elevar la deducción ocasional al estatus de dogma inmutable.

Dígame alguien si un catedrático en anfibios se ha dado cuenta alguna vez de por qué las ancas de rana tienen la cotización gastronómica que tienen.
Un observador del siglo XIIIIIIII (18), Monsieur Crois, llevándole las maletas a Darwin en sus correrías naturalistas, se dio cuenta de que las serpientes siempre se comían a las ranas empezando por la cabeza y se las iban tirando para adentro poco a poco mientras éstas pataleaban mostrando un enorme disgusto.
El tal Crois dedujo en primer lugar que la batracia intentaba por todos los medios salvar los cuartos traseros, o sea, que les concedía una gran importancia; y segundo que la propia sierpe decidía dejarse para el final dichas extremidades. Con lo cual dedujo asimismo de forma certera que las ancas de rana debían ser lo más sabroso del bicho pero de largo. Y miren hoy si era cierto o no. Plato de sibaritas, sin duda.

También en el continente australiano, más concretamente en Oceanía, Angus Cave, el ayudante interino de un veterinario, descubrió por qué algunos marsupiales son los seres más intelectualmente evolucionados del planeta.
Había una vieja cangura, de esas de raza grande, de las que puestas en pie miden igual que un hombre , que transportaba en su bolsa un cachorro de unos sesenta kilos, y Angus en sus ratos libres decidió hacerle seguimiento.
La investigación duró tres años, al cabo de los cuales, la fatigada madre murió. El hijo no tuvo entonces más remedio que largarse de la marsupia y Angus pudo ver a ese sinvergüenza de canguro cómo torpemente se alejaba por el campo dándose porrazos con todo y lloriqueando como un mierda. El cachorro tenía ya 35 años y no sabía dar un salto por llevar toda la vida metido en el maletero de su madre.
Angus conoció la edad y las razones filosóficas que llevaron al bicho a no querer largarse cuando debía por ley natural hacerlo.
En el interior de la bolsa, el parásito zancudo había estado haciendo pequeñas marcas con las uñas para apuntar el transcurso de los días y tachándolas en grupos de diez a modo de tosco calendario.
Por otra parte, ese desaprensivo era inequívocamente dionisiaco.
Angus apuntó en su libreta: “El cabrón de marras simplemente estaba haciendo lo que todo macho firmaría, estaba cumpliendo el sueño de cualquier animal masculino, sin excluir por supuesto a la raza humana, que es pasar la vida sin dar palo siendo llevado por la cara de aquí para allá y permaneciendo todo el santo día agarrado a un par de tetas.”





(Fragmento de la obra “La Naturaleza Vista Sin Gafas” del oficial de mantenimiento de la Central Termoeléctrica del Ebro, D. Nazario Cobos.)



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