domingo, noviembre 19, 2006

 

-EL TERMINAL- (Relato de horror para contar en acampadas dentro de una hoguera.)

...aún me resuena en los oídos, “tiene usted una almorragia incompatible con la vida.” O sea, que me quedan apenas unas semanas..¿verdad?... “eso mismito.”
Cuando te dicen algo así, las cosas cambian de dimensión, nunca las había visto como ahora, una maceta de sesenta metros de diámetro, con un geranio del tamaño de una secuoya encima de un chopo.... Y cómo se lo cuenta uno a la familia. Yo no sabía el modo. Es duro... Traumático... No se me ocurría la forma...
Por eso lo ensayaba de diferentes maneras diciéndoselo a otras familias, para estar bien entrenado en ello cuando se lo comunicara a la mía. Lo que pasa es que se lo dije a tantas, que en el momento de enfrentarme a mi mujer y mis hijos, ellos ya lo sabían. “Eres la comidilla del barrio, cariño. Lo sabe todo el mundo. Es que has ido puerta por puerta, macho...”
Antes de eso estuve cuatro días sin atreverme a ir a casa. Deambulando de aquí para allá sin salir de los bares. A cada copa, en mi cabeza la voz del médico repetía como un rosario “almorragia, cerebral, maligna, morirás.” Y me vi como ese viejo pelmazo que le larga el rollo al primero que pasa. Mi vida estaba rodando igual que una peonza en la trastienda de mis ojos. “¿Qué le pasa, hombre, tan abatido.?” Casi, nada... Que me muero y pienso en mi padre, en todas las ilusiones que depositó en mí y no van a poder cumplirse... A él le hubiera gustado que yo fuese un púgil en lo que a boxeo se refiere. Sus ídolos eran Joe Mancuerna, “Puño de Corcho”, y Jack Plomada, “el Potro del Gimnasio.”
Me contaba que eran dos boxeadores de leyenda, y que cuando se enfrentaban en un ring, el mundo entero aguantaba la respiración. Dos verdaderos luchadores. Competían en la categoría de los pesos superpesados aunque eran más canijos que un jockey y ninguno de ellos daba en la báscula más de cincuenta kilos, pero amigo, mientras duraba la pelea no dejaban de hablar. Hablaban todo el tiempo. Dieciocho asaltos de puñetazos y verborrea...
Ay, ay, ay...
Una campanilla retumba en mi cráneo diciendo que yo ya no voy a ser boxeador. Ni boxeador, ni poeta épico, ni pastor trashumante, ni envasador de tomates para el crudo invierno de los alpes, ni sospechoso de comisaría, ni limador de uñas, ni cazador de safaris en África... Siempre quise cazar uno.
¿Y qué soy.? ¿Me lo quieren decir.? No, no hace falta que se molesten. Soy la antesala de un cenicero, el prólogo de una fiambrera, la fase previa en el campeonato del agusanamiento, una insignificante rata que camina vencida y encorvada por la senda triste hacia el cementerio de elefantes hasta que uno de ellos la pisa.... Soy una hamburguesa, una masa amorfa de carne cartilaginosa que debió ser alguien en la vida pero una almorragia interna lo truncó.
Ay, ay, ayayay...
“Acuérdate de tu madre, porque te vas a morir, Camborio.” Eso me dijo un poeta de gran pluma. Alguien que entendía como nadie de amor y de pasiones, pero que por lo visto confundía mi nombre. Yo he querido ser un buen amante, pero ahora veo que sólo he llegado a obseso... Un obseso depravado, enfermizo, una degeneración sexualmente aberrante. Cómo llamar si no a alguien que tiene unos sueños eróticos en los que aparece su propia mujer. Dios, cómo se puede ser tan patético y vil.

Y ya no tengo ganas de nada. Para qué sacarme el carnet de conducir... Para qué matricularme en el curso de cerámica... Para qué aguantarme los flatos en las sesiones de aerobic... Para qué ducharme cada veinticinco de diciembre... Al diablo las navidades... Ya no las habrá para mí. Mi vida discurre como algunos de esos ríos que suelen ir cuesta abajo hasta desaparecer devorados por la sal y por los huevos de estuario.
Ay, ay, ay...
En fin... Ya no hay más cartas para mí en la baraja.., ni en el buzón. Todo se diluye ante mis ojos igual que veo ahora disolverse el colacao que arremolino con la cucharilla en el vaso de leche. A mi vida se le han acabado los grumos. Ahora seré un instantáneo nescuic que desaparece sin dejar huella.
Una almorragia se me lleva a la poza negra. “Pues intente pensar en las cosas bellas que ha vivido.” Sí, qué otra me queda...

La abuela, tan elegante y delicada, tan fina y tan señora, que no soportaba verme acudir a las celebraciones vestido a mi manera..”No sé cómo te gusta ir así, con esas pintas. Ponte un traje, hombre, que estamos en una boda.” Abuela, abuelita mía, que es que a mí me gusta vestir más a mi aire, más sport. “Joder, nene, me parece bien que seas informal, pero adónde coño vas con espinilleras.”

La muerte...viene la muerte.


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