domingo, septiembre 10, 2006

 

-REPORTAJE---PRIMICIA-

Es un reportaje de Adelaida Maciá para la revista de cine LA PALMA DEL OSO.

Cuando una entra en su estudio parisino de Montparnasse, puede sentir que la atmósfera de un siglo XX en gateo, de eclosión cuadrúpeda, emergente, aún se conserva, que Water Ego quiere aspirar con sus pitillos el alma de Van Gogh, de Cezanne, de Santiago Rusinyol, -“rusinyol que vas a França, rusinyol” decía la popular canción catalana- beber del espíritu de los Manet, Monet y Palet, ungüentarse la piel con el aura excelentísima de Pablo Ruiz Picasso, con el parecido nominal de Pissarro y con la estela remota de James Cagney, Esteban Maroto y Barriemore Barlow, por citar a algunos.
Se respiran bohemia, ducados y arte.
Walter Ego, con una actitud impropia de alguien a quien llueven contratos, de un personaje que está en la cima, deja su montaña de papeles, guiones y correos, ordena a su secretario que no le pasen llamadas y me atiende risueño ofreciéndome un poleo-menta con pastas y una manzanilla con catavinos.
Él, según me cuenta, se desayuna habitualmente con manzanilla de Sanlúcar, ni punto de comparación con las afeminadas Hornimans o Pompadour. Dice que da más energía que los kellogs y que anima a seguir la lucha de la vida con otros bríos.
Tiene cuadros colgados por todas partes. No son de artistas de renombre, pero reúne en ellos, pese a la disparidad de estilos, una conjunción plástica difícil de conseguir. Todos son igual de malos y producen una homogeneidad que los aúna en un todo equilibrado y mediocre. Crean un ambiente que no puede romper el clima de concentración precisado por un actor de su talla. Nada sobresale, mire una a donde mire, puesto que nada hay destacable.
Por otra parte, los objetos que llenan el estudio, ya sean de valor o pura birria, son guardados y expuestos por Walter con enorme cariño, pues la mayoría han sido obsequio de admiradores de todo el mundo.
Me recuesto a instancias de mi anfitrión en una chaiselongue mientras él permanece de pie sobre la mesa fumando el enésimo redondo cigarrillo.

ADELAIDA- Sr. Ego, su último filme parece que de momento no está alcanzando los objetivos que calculaba la productora. Es la película más cara rodada hasta la fecha y sólo se está exhibiendo con cierta aceptación en los circuitos indies. ¿Es tal vez por su empecinamiento en salirse siempre del guión.? ¿Se ha sentido a gusto bajo las órdenes de este director.? ¿Podría echar el humo para otro lado.?

WALTER EGO- Bueno, señorita, yo recibí la oferta de este trabajo en un momento en el que tenía muy apretada la agenda y dudé si la tenía realmente tan apretada como cuando se me cayó al suelo frente al Hilton y un bulldozer le aparcó encima. No me interesaba hacer más películas de consumo que me encasillaran como máxima superestrella del cine. Recientemente había rechazado el papel de Woody Allen en Match Point. Él no quería salir en esa cinta y deseaba que yo hiciese de él, por el parecido físico, la estatura, la facilidad de palabra, etc, pero decliné la invitación porque, ya digo, no me apetecían más producciones comerciales de esas que sólo sirven para vender toneladas de palomitas. Woody lo entendió porque no acaba de ser tonto y quedamos en que cuando hiciese una película auténticamente minoritaria me llamaría de nuevo para interpretar a un Oscar como mejor actriz de reparto.
Y respecto a la obra Espectáculos y Varietés, Deker me pidió casi de rodillas que leyera el guión. Era un folio de ochenta por ciento sesenta centímetros, con dos frases a bolígrafo en los extremos. Me impresionó la capacidad de síntesis de ese hombre. Pretendía hacer un largometraje de dos horas y cuarto con ese material.
Deker tampoco deseaba salir en pantalla y por eso llamó al sr. Allen para que hiciese de él, de Deker, dadas las similitudes en su aspecto físico, estatura, facilidad de palabra, movilidad, etc, y la inferioridad intelectual de Woody, pero no pudo ser porque en esos momentos el neoyorkino tenía la agenda bajo un tren de mercancías.
¿Qué me había preguntado más.?

ADELAIDA- Que cómo fue el rodaje y si se ha sentido cómodo en el complejo papel de López-Brea.

WALTER- Deker es un grandísimo director de actores, un pésimo actor y un excepcional guionista, como ya quedó claro antes, por eso las dificultades aparecieron a la hora de plantear el filme.
Él tenía que hacer de Izquierdo, decir la primera frase y entre palabra y palabra dejar una foto fija de treinta minutos mostrando todos mis perfiles; después pronunciar yo la otra frase y sacarse él un primer plano de corbata de quince o veinte minutos, para acabar fundiendo a granate con topos esmeralda. También le rondaba la cabeza la idea de rodarlo en Le Palais de la Operá de Milán, con dos mil trescientos extras.
Yo le dije, Deker, si abarrotamos tanto el teatro, no va a caber ni un alfiler. Y él me contestó que ya daría orden de que nadie trajera alfileres. Finalmente como han visto, lo rodamos en mi propio estudio con cien personas que no salen y se mantienen ocultas en silencio detrás y debajo de la cámara o en el interior de los muebles.
Grabábamos una media de doce horas cada mañana, parábamos a comer bocadillos de cáterin con pan y seguíamos diez horas más por la tarde. Apenas dormimos durante los cuatro meses que duró la filmación.

ADELAIDA- Pero dice la crítica que la trama no se acaba de entender.

WALTER- Pues es bien sencilla. La primera frase era textualmente: “El hilo, que no se pierda el hilo, por dios santo, López-Brea.”
Y se trataba de experimentar algo nunca hecho por ningún artista en el mundo. Izquierdo decía eso solamente, pero después, en las fotos fijas, pensaba en cosas relativas a la frase. O sea, un actor que no habla, sino piensa, que improvisa pensamiento mientras es filmado inmóvil su contertulio. A nadie se le había ocurrido filmar el pensamiento, la sugerencia que una frase deposita como germen en la imaginación de un artista. Hasta ahora cada vez que un cineasta filmaba un sueño o un pensamiento lo hacía realmente, con imágenes o con sonido. Todos recordamos los onirismos buñuelianos o la voz en off del soldado que creara Dalton Trumbo, etc. Pero rodar realmente el tiempo que precisa un magín para confeccionar los flecos, los apéndices, las ideas afluentes y las coletillas que una frase puede suscitarle, es algo audaz con mayúsculas.
Lo que pasa es que yo no veía a mi personaje, un maestro franquista de escuela nacional, relegado a mero objeto. No pude aceptar que mi frase fuese tan al final de la cinta que no tuviera ya espacio para desarrollar mi propio pensamiento tal como él sí había podido. Tuvimos nuestros más y nuestros menos, no lo oculto. En todas las grandes películas ocurre. No se puede llegar a la cúspide del arte sin polémica.
¿Y qué pasó.? Que él acabó por decir lo que quiso y yo por contestar lo que me diera la gana.
Como consecuencia de las trifulcas, un noventa por ciento de las secuencias se han eliminado.
Recuerdo que había una escena en que yo hablaba del abatimiento emocional, de la pérdida, del derrumbe que supone para un hombre ver cómo se alejan de él sus seres queridos. Un hombre que por su mala cabeza se va quedando sin mujer y sin hijos.
Y decía algo como: “He perdido a mi mujer, he perdido a mis tres hijos, Juanjo de siete, Martita de nueve y Velasco de escasos meses. He intentado recuperarlos, dios bien lo sabe, pero no me quieren y estoy por tirar la toalla.”
Era una declamación sentida de verdad y donde mis dotes de actor sobrecogían al equipo por completo.
Pues, bien, en la réplica, Izquierdo me mira con cara de bobo, con el morro hacia abajo como siempre y dice: “Oh, López-Brea, no lo hagas, por la virgen, no lo hagas, que si lo hicieres perdieras además de una mujer y tres hijos, una toalla.”
A ver, Deker dijo que quiso con eso meter un poco de Lope y Calderón, pero yo sentí que no estaba siendo honrado conmigo.
Entonces, lejos de darme por vencido, me involucré aún más en el proyecto y desarrollé un discurso sobre su frase inicial de los hilos.
Le miré a los ojos y le dije que nunca el espectador podría llegar a ver desde su butaca el pensamiento del ventrílocuo Izquierdo y que los hilos que se pierden no son hilos sino átomos sin cohesión, células sin afinidad ni convergencia, son retales de una posibilidad que no se ejerce. En cambio un hilo real, un hilo que sí es un hilo, una secuencia de moléculas que comparten objetivo, no se pierde nunca; una finísima hebra de telaraña, con su levedad, con su modestia aparte, con su apariencia frágil, es más fuerte que cualquiera cosa, y si fuese del grosor de un palo de fregona, podría arrastrar una motocicleta de litro y medio.

ADELAIDA-De modo que casi toda la película se ha tirado a la basura. ¿Por qué eligieron pues las escenas que podemos ver y no otras.?

WALTER- Porque, al final, escogimos las que conseguían reflejar el sentido del filme, las que comprendían la filosofía del mensaje de una manera global y sintética. Es como la sinopsis o el trailer de lo que en realidad pudo ser un pedazo de largo que hubiese revolucionado el séptimo arte.
Mire, sra., si la hubiéramos montado entera, ya nadie más podría hacer cine.
Deker me dijo, escucha Walter, ya estoy harto del mundo del showbisnes, la lentejuela, el neón y la farándula. Ya estoy hastiado del divismo y la pijería. Ya no soporto a los guaperas superficiales. Voy a ahondar de una puñetera vez: A los bellos superfluos hay que darles depilación con cera hirviendo, y si me apuras con plomo o estaño.
Entonces yo le entendí y ha nacido una amistad que durará eternamente si uno de los dos no se muere antes.

ADELAIDA- Bueno, pues hasta aquí hemos llegado. Muchas gracias por concederme la entrevista y le deseo toda la suerte del mundo en sus futuros proyectos.

WALTER- De nada. Un placer. Saludo desde aquí a todos los lectores de La Palma del Oso. Un fuerte abrazo.

Si aún no la han visto, aquí pueden.
http://s92.photobucket.com/albums/l23/blasdeker/?action=view&current=variets-06.flv

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