domingo, marzo 19, 2006

 

- RAMJHDRAMABÁN, EL FAKIR.- (Cuento popular hindú.)

PENÚLTIMO CAPÍTULO

Érase una vez un veterano fakir que sentía mal su cuerpo y su espíritu. Un cuerpo hecho al sereno soporte del tormento. Un espíritu acostumbrado a sobrecargar dioses con muchas patas como arañas y con trompas como marinos.
El vivido fakir, de joven había arrastrado grúas con la minga, no sin esfuerzo, sino literalmente, se había clavado agujas de hacer punto hasta en los pulmones, se había merendado montaditos de tornillería diversa, se había encantado de conocer cobras, etc.

Pero llegó un momento en que cuando regresaba a casa después de sus actividades, lo hacía cabizbajo y meditabundo. Ya no sonreía al pillarse los dedos con la puerta como siempre, ya el dolor no le producía paz.
Su familia lo veía envejecido, desgastado. Había pegado en pocos meses un bajón enorme.

-¿Cómo te ha ido el día?- Le preguntaba su anciana esposa.

-Bah.- Contestaba él, mientras miraba con ojos de tristísima humedad la bombillita del techo.

Algún secreto ocultaba a sus parientes. Algo le pasaba que no decía.
Su mujer por las noches intentaba relajarlo rascándole enérgicamente la espalda con el rallador de cocina, y él hacía como si durmiese, pero no la engañaba. Ese varón no fingía dormir: Dormía como un leño.
Ella lloraba a su lado, pues en los buenos tiempos él jamás había dormido, ni falta que le hacía. Que no necesita corporal descanso aquel que domina la mente hasta el extremo de estarse todo el santo día metido en trances.

Rambdadhangrán ya no era lo que era. Sentía un vacío dentro. Una oquedad que no conseguía llenar ni bebiendo aguarrás, ni hundiendo una daga en su vientre.
Se estaba dejando caer en el peor derrotismo de la vida, en el abandono, en la renuncia.
Cuando hacía yoga, la astenia se apoderaba de él y no tenía fuerzas ni para juntar los deditos. Y cuando se quería proyectar astralmente no se iba ni a dos metros de la acera.

En la India, sabido es que la medicina y la informática son temas muy dominados. Así que los hijos del fakir –sólo 18, ya que Gandira y Rabindranao no pudieron sumarse a la idea por estar de viaje- se afanaron en buscar un psicólogo de peso para que haciéndose pasar por uno de ellos, analizase al padre.
De este modo, una tarde cuando el deprimido se disponía a merendar, el especialista inyectó tranquilizantes a su bol de arroz salvaje. El viejo lo tomó con desgana y se quedó colgado perdido.
Entonces el psicólogo le fue haciendo preguntas, le fue sonsacando y se fue metiendo en el misterio que aquel hombre hermetizaba en sí.

Era cierto. Tenía una sensación de vacío que lo estaba consumiendo. Mas no era sólo una sensación. Tenía un vacío dentro. Incluso más de un vacío. Varios vacíos ,cada uno del tamaño de una albóndiga. El doctor indagó más y más, hasta que lo hipnotizó por completo y logró extraer toda la verdad de su suplicio. Y el anciano lo largó todo.

Grhambdhagradrán, en sus perores momentos, penando, y sufriendo en silencio sus vacíos interiores.


CAPÍTULO ÚLTIMO

El fakir reposaba en el camastro. La esposa e hijos escuchaban al psicólogo en el corral de atrás.

-Caballeros, señoras: He hallado la causa del abatimiento de su querido Rambdhadagrandfdán...

-No es así el nombre, pero es igual. –interrumpió una hija.

-Es Grandabrahgán, dijo el hermano mayor.

-No, se dice Granbdagranfán. –aseguró la madre.

-Bueno, da lo mismo. -cortó el doctor con autoridad.- Mejor que siga explicándome, ¿no les parece.?

.....Bien, como iba diciendo, lo que pasa es que el fakir se ha hecho viejo, simplemente, y no es capaz de asumirlo.
Hasta hace un año todavía podía comerse vasos, ceniceros o bombillas mientras lo filmaban los extranjeros. Pero se ha hecho muy mayor, ya se le cayeron las últimas muelas y los incisivos también está a punto de perderlos.
Él, como buen fakir, no quiso preocuparles a ustedes y calló su desgracia, pero para no perder estatus entre sus competidores, pasó a ingerir bombillas de menor tamaño. Hacía ver que las masticaba, pero en realidad se las tragaba enteras como si fueran grageas.
Y ahí he dado con sus pesares. No es que sienta vacíos dentro. Es que los tiene.

-¿Y cual será el remedio, pues, doctor.? –dijo la doña suspirando.

-No padezca, buena mujer. Lo que hay que hacer es lo siguiente:
A partir de ahora, usted le vierte laxantes en el arroz para ver si evacua las bombillas y de paso el vacío que contienen, y en adelante, los objetos de cristal que se vaya a comer su marido, se los pasa por la picadora y que se los lleve en una fiambrera al trabajo.


Así se hizo, todo salió bien y el viejo fakir recobró poco a poco los ánimos. Siguió haciendo sus labores en la acera frente al templo y posando feliz para las fotos de los turistas.

Y colorín colorido, este cuento ha concluido.

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Comments:
pos que historia más triste la del fakir........ si es que uno se se pue hacer mayor
 
Pues haga lo que yo, caballera. Duerma envuelta en papel de aluminio y se conservará perfectamente.
 
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