domingo, marzo 05, 2006

 

-OBJETOS PERDIDOS-

En la vitrina, junto a un reloj y una fotografía, un jarrón de cenizas lo resumía.
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Me viene a la mente con frescor la pinta de José, su puro en la boca y una copa brandy cogida en la derecha y me pregunto si es gracioso que el fumador termine como el cigarro.
Lo es. José está en un cenicero, un cenicero de porcelana con tapa, fumado. Se lo fumaría dios si era creyente, o nadie si no lo era.

Me figuro a dios encendiéndose a José, de una pieza muerto, tieso como un Cohibas entre sus dedos, dándole caladas hondas, sabias, disfrutando con calma de su extinción, y con toques de índice, haciendo caer la ceniza de lo consumido en el jarrón que ahora contemplo.

O si no lo fumó nadie, me lo veo gastándose él solo como el pitillo que se enciende y queda olvidado porque llamaron al teléfono o se nos complicó un asunto.

Me pregunto, José, si aun toses por las mañanas, si los cadáveres fumados se encienden por la cabeza o los pies, si serán tus cenizas todas tú o habrán impurezas, o si en caso de fraude la funeraria concederá a las reclamaciones un año de garantía.
Y me pregunto, José, si no hubieron de poner en tu sepulcrito cerámico el contenido que tenías de alquitranes.
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