lunes, febrero 06, 2006

 

--EL GEÓMETRA DIAMETRALMENTE OPUESTO LOCO--

Cuentan que un geómetra criaba figuras sobre un plano de diez centiáreas en una finca que sus padres heredaron de los abuelos y que él hubo de comprarles no sin antes juntar los dineros trabajando como un cabrón. Montaba cabras en jornadas de doce horas.
Las cuidaba como bocadillo en albal (a las figuras, a las cabras no, que no era lo suyo amor sino oficio remunerado.) y las acariciaba tangencialmente de tres a cuatro y veinte todas las tardes. (a las figuras, joder, a las figuras.)
Una vez un paralelepípedo sólido dio a luz una camada de dos dodecaedros, medio rombo, una diagonal, tres cuadrados, y un prisma.
El prisma salió gracioso de cagarse y siempre se reía de sus familiares y de todo en general de brigada.
“Somos más rectilíneos que la hostia”, decía impostando una voz nasal.
Claro, como la hostia es redonda, él hacía con ello humor de arquitectura cubista.
Pero uno de sus hermanos sufría con esas burlas. Penaba bajo un ángulo apartado porque quería ser curvo, y más que sólo curvo, circular, como las cartas o el tráfico; y aún más que circular, esférico, como las bolas de tirar bolos u otras bolas de una forma similar.
Siempre estaba triste hablando soliloquios que no escuchaba por que ni siquiera lo que él mismo decía despertaba su interés. Llegaba a ignorarse con desprecio.
Era el medio rombo, o sea el triángulo. Tenía la autoestima por los suelos, todo él tan isósceles y pinchón.
De vez en cuando veía a algún pariente escaleno y flipaba de verlo con ese aire rompedor, tan a su bola.
“A su bola”, pensaba, y otra vez le venía el bajonazo con la idea de ser esférico.
Se dejaba caer rodando por planos inclinados para erosionarse los vértices y romarse, pero nada conseguía. Soñaba con tener su propio diámetro, su radio y un montón de grados.
Había oído hablar de circunferencias que tenían 400 o más.

Un día, amargado, se alejó de las demás figuras y cuando estaba a punto de clavarse una hipotenusa en toda la base, una voz estérea y poderosa, la del geómetra, le dijo: “¿Por qué pretendes tu deceso, hijo mío.?”
“Porque tengo vocación equidistante en todos los puntos con respecto a mi centro. Soy un bolón atrapado en el cuerpo de un triángulo”, dijo.
“Pues opérate, capullo, no sé a qué esferas, tío”, respondió carcajeándose el geómetra.
“Eso, encima ríete, hijoputa, que para chistes estoy yo” balbució el pobre triángulo.

Fin del fragmento. No es cuestión de analizar las 900 páginas.

En el capítulo que hemos visto hoy de “Crimen y Castigo”, Tolstoyevski nos viene a decir mediante una brillante metáfora que la gente es rara, así en mogollón, y ustedes aún más por leer estas cosas a su edad.

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