viernes, junio 24, 2011

 

--DIARIO DE UN PARADO -Cap 1--




EL TEATRO DE HAEKENT

Despertar es suicidar el yo o algo. La vigilia es un interrogatorio salvaje. Mientras se duerme, nada traiciona, nada tortura, ni uno mismo. Como decía, Haekent a través del personaje Rombell en su obra de teatro "Norias Secas para Agua en Polvo": Sólo los muy mucho, son bastante, o tal vez menos, según dé las cifras la policía o los organizadores.
Rombell quería dormir siempre para no notar la vida ni sentir la muerte y por eso se metió en la cama con el firme propósito de no levantarse nunca más, ni participar del mundo jamás más. Todo ocurría sin que él se apercibiera, como el percebe, que por mucho que esté en el mar, no se conciencia. 
Y me viene a la memoria la escena en que los amigos y familiares de Rombell acuden a visitarlo con la intención de convencerle para que salga del lecho y arrostre la realidad. 
Rombell no reacciona. Ha tomado algunos somníferos por vía oral y se ha metido unos supositorios gestualmente. Desea que su sueño sea tan profundo que no le permita oír a nadie. Y se suceden las visitas a la casa. Pero él, cuando bajan los efectos de las pastillas siente o se figura sentir presencias, murmuraciones, diálogos fragmentados… y carece de la lucidez suficiente como para discernir lo que pueda haber de real o de ficticio. 
Esto tiene lugar en la Noruega del siglo XVI. 
Cuando ya lleva una semana en la cama, se le aparecen dos reyes, Augbald VII el Bondadoso, conocido así por su afición a dar besos, y Su Excelentísima Majestad Haakon III el Falso, llamado así porque en realidad era el IV. 
Haakon le dice a Rombell, mientras Augbald besa a un médico: ¿Por qué te drogas tanto? Tienes mujer, una familia, unos hijos, una madre, unos hermanos, una esposa y unos hijos… No puedes evadirte de la realidad siempre. Además es malo para la salud. Dime, ¿por qué lo haces? Te vas a quedar en los huesos y tu cabeza está dejando de regir, mi fiel y noble Rombell.
Entonces Rombell, se mueve ligeramente y balbucea la frase que ha supuesto para mí un antes y un después: Es que me gusta vivir así.
Esa sentencia lapidaria hace desaparecer a los tres reyes, de los cuales he nombrado sólo a dos porque el tercero había desaparecido ya antes de ir. 
A veces el corazón no puede pensar con claridad. Un pensamiento sensato es una obra de claridad. Pero a Rombell ya no le asiste la luz. Cada vez está más confuso. No distingue si ese centauro con alas de sombrero y cuerpo de guardia que sobrevuela la alcoba es cierto o no. Lleva seis meses sin salir de la cama y se ha orinado por fin. Él temía que la esclavitud fisiológica le arruinase el proyecto de aletargarse. Las sábanas están húmedas. Lo cierto es que se ha meado un montón de veces con todo el tiempo que lleva ahí, pero sólo ha sido consciente de la última, creyéndola la primera. 
Entonces y como surgidos de la nada, dos signos de interrogación se abalanzan sobre su cuerpo semimuerto. Los dos puntos va a alojarse en sus pupilas como una suerte de luctuosas lentillas que oscurecen aún más la grisura de unos párpados cerrados, y el resto de los signos, la parte esa que parece el gancho de un colgador, tiran de su labio inferior por ambos lados de la boca como un par de anzuelos lo harían en una infortunada perca. Rombell se está babeando vivo. No domina su naturaleza.
En éstas el sudor de su frente se solidifica como deyección de cirio, y un alfarero que es orfebre y escultor construye y modela con esa materia una mula de tamaño natural pero bastante más pequeña que un edificio.
La mula cobra vida. Lo mira lacrimosa e intenta emitir sonidos. Abre las quijadas, mas no puede. Enseña los dientes con dolor. Hincha el pecho. Se esfuerza hasta temblar. Fracasa y sufre. Y con las orejas fuera de sus órbitas, se derrenga cual pelele y muere. 
A Rombell en ese momento una niebla espesa le invade la frente por dentro. Cree que también va a expirar y se desespera por no tener tiempo de incinerar a la mula y esparcir sus cenizas por la cumbre de Ulriken, una de las trescientas montañas más importantes de Noruega, como era su expreso deseo.
Los interrogantes se multiplican como ratas y se le clavan por todos los miembros menos por uno. 
Rombell quería evadirse de la vida, dormir para siempre, huir de las amenazas, de lo desconocido, de las preguntas sin respuesta, y ahora se encontraba rodeado de unos seres a los que no era capaz de reconocer y a merced de la más despiadada interrogante que jamás haya atormentado al ser humano: ¿Las mulas, relinchan o rebuznan?

lunes, junio 20, 2011

 

15M-19J


viernes, junio 03, 2011

 

--ZIRI Y LA HUMAN CONDITIO--

Carta de los faristolos a los corintellados, según Atahualpa You´re Punkie. 

Estaban los corintellados viejos leyendo papiros del corazón y observando los posos amarillos de un oráculo augur que no vaticinaba más allá de diez minutos, cuando llegó por detrás San Son (un travieso hijo de santo con gusto por el inglés hablado y escrito) y les propinó un porrazo en las lumbares.
Y éstos, lejos de inmutarse, no fueron ni al médico, pues el dorso de los corintellados era duro cual el de un paquidermo forrado con pezuña de caballo chapada en bronce. 
Los faristolos, en cambio, eran mitad cobardes, mitad semivalientes, y tenían la propiedad de sentir en carne propia el mal de según qué ajenos, por lo general pocos.
Vivían en cuevas que habían excavado ellos mismos con las propias manos de otros faristolos que ejercían de supuestos albañiles en épocas de bondad y que en realidad se valían de corintellados para tales tareas.
Sus actividades comerciales se realizaban por medio del trueque. Así pues, por ejemplo, un caballo se podía adquirir por sesenta y ocho coma veinticinco trueques, y un kilo de manzanas valía cinco o seis céntimos de trueque -aunque pudiera también cambiarse por un caballo, perdiendo mucho en la transacción. 
Era de costumbre que quien más trueques poseyera, más mandase, más decidiese y más legisliere. 
En un principio, ya que todo tiene principio -hasta los finales lo tienen-, los faristolos y los corintellados convivían en paz y armonía sin hablarse apenas y sin casarse entre ellos aunque tuviesen distintos sexos. Mas poco a poco, transcurrían los siglos y la cosa seguía inmutable.
Hasta que un día llegó a la ciudad un extranjero de larga túnica arremangada, pelo espeso en las orejas, poblada cejijuntez y abierta sonrisa ambarina; un hombre alto, fuerte, robusto y delgado (robusto de la cintura para arriba y delgado de la minga para abajo), locuaz y convincente, conocedor y viajado, que traía una gran piedra arrastrada con esfuerzo y cuerdas. 
El forastero se dirigió a la plaza -que estaba libre pese a ser sábado y hallarse en pleno centro-, se refrescó en la fuente y colocó el piedrón en el medio.
Luego se encaramó a él e invitó a los ciudadanos a formularle preguntas. El visitante era Ziri, el profeta sabio, naturalmente.
A las dos horas, o quizás tres, o tres y pico, o cuatro horas, o cinco, o seis, la plaza estaba llena de gentes curiosas, y normales también. 
Entonces Ziri les preguntó si ellos tenían alguna pregunta.
Un señor totalmente blanquecino y canoso, no por viejo, sino por venir de fornicar en un molino harinero de su propiedad, le dijo:

-Esto se está poniendo muy feo. La condición humana lo invade todo. ¿Qué hacer?
Y Ziri le contestare:

-Hermano, por tus atuendos te distingo miembro de las tribus faristolas y sabido es que tu pueblo se fue subiendo, con el paso de las lunas, a la chepa encallecida de los corintellados, sabedor de que son tontos como tal vez nadie más lo sea. No obstante, todo tiene un límite en esta vida, y como yo me había establecido un límite de tiempo en las contestaciones, corto aquí mi respuesta al haberlo rebasado.

A continuación, uno de los presentes, al que describiría con gusto si supiera cómo hacerlo, le dijo:

-Señor, yo soy un corintellado y llevo a mis espaldas a treinta y cinco faristolos que cada vez son más gordos y pesados. Temo que mis vértebras no aguanten por mucho más tamaña carga, o bla di, o bla dá, aleti, aleti, ra ra ra!

A lo que Ziri contestuvo:

-Tonta es tu raza, efectivamente, pues en tu persona se certifica, mas no déislo por irreversible, que no hay calcetín que no pueda cambiar de cara. Te digo a ti y a tu pueblo entero, que os neguéis a dar soporte al opresor, que desobedezcáis, que adoptéis la bandera incolora de la negativa y que exijáis reparto y justicia. ¡Tiempo!

En éstas intervino un sabihondo faristolo:

-¡Majaderías populistas! ¿Acaso no es bien sabido que si tuviesen los corintellados las riendas de las decisiones y el poder, acabarían pudriéndose también hasta convertirse en lo mismo que ahora critican? ¿Acaso no empezarían justos para terminar despóticos?

Y Ziri, encendiéndose un piti, sentenció con su proverbial sabiduría:

-Eso es casi, casi, casi, seguro, amigo. Pero aun si la condición humana fuera incorregible, por lo menos un cambio de sistema aseguraría, entre que se pudre y no se pudre, una temporadita de honradez. Y algo es algo.
_FIN_


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