sábado, febrero 12, 2011

 

--EL ARMA SECRETA--

PREVIA: 
Como los mutantes de Marvel, yo tengo mis armas secretas, mis superpoderes ocultos y eso. (vale, uno sólo, pero bastante bueno)
PRÓLOGO: 
Nunca he leído, u oído, o visto, ni tengo noticia, de que mi arma secreta la utilizase alguien, pues es un arma que todo el mundo piensa que sólo hiere a su dueño. (aunque no es así, como intentaré demostrar)
PREFACIO:
Hay un momento en la vida en que un secreto guardado celosamente durante años deja de parecernos algo sagrado e incompartible. Será la prevejez, será la postmadurez, será la relativización que dan los luengos calendarios, o será lo que sea, pero el caso es que hoy voy a compartir mi secreto por si a alguno de ustedes le sirve en un momento dado. (He tardado en hacerlo público porque no quiero que esta información caiga en manos de gente mala)
COGOLLO:
Nunca me ha entusiasmado discutir o pelearme, ni de joven. Como he dicho mil veces, odio perder y me molesta ganar. ¿Cómo salir pues de una situación en la que el enfrentamiento es ineludible? Muy fácil: usando la vergüenza ajena como los judokas aprovechan el ímpetu del agresor.
Cierta vez - no sé por qué, ni cuándo- me di cuenta de que sentir vergüenza ajena era una de las cosas que más me incomodaba, que más dolor o irritación me producía. No podía ver en la tele algo que me resultase vergonzoso, no podía soportar que alguien en una reunión se pusiera en ridículo y además perseverase en ello con total indolencia. 
Eso me abrió los ojos: resulta que el cafre que estaba haciendo el ridículo no sufría el bochorno: el que lo estaba sintiendo realmente era yo. Entonces me dije: hostias, ya lo tengo, no necesito encabronarme con nadie, no necesito insultar ni liarme a guantazos, no necesito ganar para salir victorioso, ni necesito que el vencido sepa que lo ha sido. Me basta con la sensación íntima de haber sacado de quicio a quien me ofendía, de haberle delegado mi vergüenza, alterándolo a él y saliendo yo ileso.
Este arma secreta es tan mortífera que sólo la he utilizado en tres ocasiones: una a los 18 años en la vida orgánica, y luego en la red un par de veces.
CAPÍTULO 1:
Estábamos unos amigos y yo en una cena donde se proyectaban cortos de un concurso de cine mudo. Nada, una cosa local, entre gentes del pueblo. Después del yantar echaban las pelis. Era una velada distendida agradable, pero cerca de mí, en una de las largas mesas, quiso la fortuna que se sentase un empresariete de mierda que no paraba de comentar con sus cercanos cosas antiobreras que a mí me estaban empezando a tocar los cojones. Su sobramiento, su estupidez y su pijerío amenazaban con arruinarme la noche. Con muchísimo gusto le hubiese roto la cara, francamente, pero en vez de eso decidí ponerme el traje de superhéroe y emplear mi arma mortífera letal. A partir de ahí, cada vez que nombraban un premio y se levantaba el ganador, yo hacía lo propio y me ponía en pie también saludando y enviando besos a todos los presentes como si fuera el galardonado. 
En general la gente pensó sin duda que un servidor estaría tajao, pero no me importaba. Lo importante era que el imbécil que me estaba amargando y sus acólitos burguesitos de mierda, gradualmente se iban irritando más y más con mi tozuda actitud. Mientras proyectaban los cortos, yo por lo semibajini iba soltando paridas y más paridas, y ya digo, cuando daban el premio al mejor montaje o lo que fuere, allá que emergía mi insigne figura con una espléndida sonrisa, llevándose la mano al corazón y agradeciendo unos aplausos que no le iban dirigidos. Mis amigos y yo nos partíamos el escroto de risa, y los gilipollas de enfrente clavaban en mí sus miradas endemoniadas. Podía sentir cómo crecía su odio, sus ganas de romperme las piernas, su bilis y su vergüenza, su enorme vergüenza.  El veneno de mi ridículo ya se había inoculado en sus venas. Misión cumplida. Vencí sin necesidad de que ellos perdieran. Les jodí la noche sin siquiera dirigirles la palabra.
CAPÍTULO FINALE:
Luego, hace unos pocos años, saqué nuevamente del arcón el arma en un par de sitios de internet. (oye, y siempre contra pijos: es mi sino) 
Es cojonudo joder a quien te quiere humillar destrozándole los nervios, en vez de recurrir a un trolleo trasnochado. En este medio nada irrita más a un hijo de papá que tener cerca suyo a un puto aldeano. Contra la pijería, Paco Martínez Soria, o sea, la vergüenza ajena.
CONCLUÇAO:
Así que ya saben, amigos míos, apliquen a sus estúpidos adversarios aquello que a ustedes más les duela. Funciona.
DOCUMENTAL INSÓLITO:


Comments:
Yo he usado mucho ese arma secreta. Consciente -bueno, a veces no-, con premeditación y alevosía gusto de perder la dignidad; miro por el rabillo del ojo para ver las reacciones y aprendo mucho: deleitándome, como a mí me gusta.
A veces tengo que reparar my body pero merece la pena.
 
Siempre en legítima defensa, claro.

Por otra parte, puntualizo: Mi dignidad no se ha visto afectada en modo alguno. El enemigo seguramente CREE que la pierdo, pero eso no depende de su percepción sino de MI SENTIMIENTO. Nadie puede hacerme sentir mal sólo porque crea que debo sentirme mal.
Si el caso es inconsciente no hay nada que decir, claro, pero cuando representamos un vergonzante papel con premeditación, nunca podremos calificarlo de autolesivo. Sería un gran error de cálculo hacer el gilipollas deliberadamente y luego tener remordimientos.
Las armas hay que usarlas sólo en casos de EXTREMA NECESIDAD, don Opal, sobre todo si le estropean a uno el body.
 
Yo le hubiera puesto Don Blas una corona de papel y una banda “Al más coñazo de la noche” – desde el cariño – y si eso grabábamos un corto nouvelle vague,yo enseño una teta si es menester y ganamos el siguiente festival. O repetimos constantemente aplausos, levantarse, banda y teta, doce horas y de ahí sale un largo de culto made in Cataluña con sabor a profundo. Eso sí que es un arma de destrucción.

Entre hacer el chorra –con “lesividad” ajena o no ;) - y perder la dignidad hay una diferencia muy gorda. Lo malo de perder la dignidad es que uno pierde, a su vez, pedazos de su persona. Pero qué bien lo ha explicado usted, Don Blas.

A falta de teta, buenos son besos. Pues eso, besos.
 
...ah, el vídeo del guachipurri ese me ha gustado muchísimo, es como erótico, no??? A mí me ha puesto....
 
El encuentro de dignidades -creo suponer que ustedes dos lo considerarían como el encuentro de lo más valioso de las personas-, dejando a un lado declaraciones universales de principios o el mundo de las ideas, yo lo veo mayoritariamente como merienda de orgullos.
Para que me entiendan: hay mucho digno y escasa dignidad.
Pero voy a más:
Llegar a tener la certeza de que la dignidad se puede perder- la que se escribe con mayúsculas sí, esa que nos hace íntegros, que la vida es más grande y también se pierde, oh Favio- y aún -incluso perdiéndola de manera voluntaria, por qué no- ser digno íntimamente, a mí me vale. No lo recomiendo a los trozos de otras personas, porque todo lo que rodea a la dignidad está muy enrarecido y es muy confuso.
Esto, en tanto lo concerniente a mí; en cuanto a los otros, allá ellos con sus dignidades, que yo recojo los trozos que pierden y les doy sentido.
(No hago esto mucho, que soy un exagerado incorregible; es más, ya ni lo hago, pero es que la gente es tan susceptible…)
 
Me gustan las tetas, me gustan mucho, las tetas verosímiles, tetas en las que poder creer.
Amo la belleza de la normalidad -nada más bello que lo corriente, que lo arrítmico y desacompasado-, de la teta sencilla que no aspira a hipérbole, de la teta amor, de la teta sanvalentínica inclusive. ¡Oh, dadme un romántico ramo de tetas para morir ahogado en ellas! (y llamad si acaso a un médico si veis que no respondo)
Soy simple como las tetas ciertas, y tierno hasta la última rebanada como un pan hecho de teta.
Nunca me despampanó lo despampanante, nunca colgué calendarios en mi taquilla, nunca me enamoré de una actriz porno y menos aún de sus tetas: esas tetas embusteras que mienten a las braguetas. (volver al principio y leer en plan bucle) (durante un par de horitas sólo) (tampoco es para echarle todo el día)
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Bueno, y una vez despachado el tema mamario, diré que sí, doña Gala, que el vídeo es un claro mensaje a la juventud de hoy en día, y nos dice: el amor no está reñido con el sexo y se puede practicar incluso si uno está enamorado del partenaire.
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Y una vez despachado el tema diakonovino, le diré don Opal, que en efecto yo también considero que la dignidad es algo más íntimo que un salvaslip o unas fosas nasales. Y yo me supongo -por poner un poner- que lo de perder la dignidad quizás sea en aquellos momentos en los cuales uno litiga contrasigo mismo, y se autopelea, y se autocoge manía, y se autoenemista.
(cuando se hace uno las autopaces, las aguas vuelven a su cauce, pero quedan heridillas, quedan heridillas) (unas heridillas que -todo sea dicho- cuando consigue uno cicatrizarlas, lo hacen más digno, más cojonudo, y más de puta madre)
 
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