sábado, agosto 15, 2009

 

-DESPIOJAR-

El poeta coge unas pajas y enciende con ellas unas leñas y enciende con ellas una hoguera y enciende con ella unas cuartillas y con ellas enciende un cigarro. Y ahí para.
Ahora está quemando un próximo pasado –que los pasados más pretéritos ya se los fumó cuando vino a cuento- y al fumarlo lo incinera al exterior y al adentro. Se quema un poco el corazón coronario, el pechito follar, (acción y cualidad de fuelle) las asaduras del tripal, la casquería y el espíritu volátil. Pero sin matarse del todo, que igual aún quedan cuadernos.
Es la hojarasca de liar. El petardo-folio. El porro endógeno del que se alejan los camellos porque no vale un duro y no hay posibilidad de mercar con él.
Y cuando el fuego prenda en los bronquios, que son sarmientos de costillería, no habrá más caracteres con que emborronar papeles, ni hará maldita la falta.

Mientras el poeta interpretaba la escena, John Lee Júcar, un bluesman levantino, le pegaba dos bocados a una armónica, pensando que era maíz.
Pobre John. Es jodido ser ciego, pero si además padeces anosmia...


Comments:
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
 
Si no has quemado lo que escribiste en tu adolescencia, es porque no fuiste lo suficientemente gilipollas, y ahora no estás lo suficientemente curado.
 
Gracias a dios y a la virgen del pilar, nunca he tenido problemas con los niveles de gilipollez.
Siempre voy al límite.
 
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